Neuromante

Case tenìa veinticuatro años. A los veintidòs, habìa sido vaquero, un cuatrero, uno de los mejores del Ensanche. Habìa sido entrenado por los mejores, por McCoy Pauley y Bobby Quine, leyendas en el negocio. Operaba en un estado adrenalìtico alto y casi permanente, un derivado de juventud y destreza, conectado a una consola de ciberespacio hecha por encargo que proyectaba su incorpòrea conciencia en la alucinaciòn consensual que era la matriz. Ladròn, trabajaba para otros: ladrones màs adinerados, patrones que proveìan el exòtico software requerido para atravesar los muros brillantes de los sistemas empresariales, abriendo ventanas hacia los ricos campos de la informaciòn.
Cometiò el error clàsico, el que se habìa jurado no cometer nunca. Robò a sus jefes. Guardò algo para èl y tratò de escabullirlo por intewrmedio de un traficante en Amsterdam. Aùn no sabìa con certeza còmo fue descubierto, aunque ahora no importaba. Esperaba que lo mataran entonces, pero ellos sòlo sonrieron. Por supuesto que era bienvenido, le dijeron, bienvenido al dinero. E iba a necesitarlo. Porque -aùn sonriendo- ellos se iban a encargar de que nunca màs volviese a trabajar.
Le dañaron el sistema nervioso con una micotoxina rusa de los tiempos de la guerra.
Neuromante.
William Gibson

