El conde Dràcula

Ante mì se hallaba un caballeroanciano, recièn afeitado, excepto su bigote blanquecino, ataviado de negro de pies a cabeza, sin la menor sombra de color en parte alguna. Sostenìa en su mano una làmpara antigua de plata, cuya llama ardìa sin ninguna pantalla protectora de vidrio, vacilando bajo la corriente de aire y proyectando unas sombras alargadas y oascilantes a su alrededor.
(...)
-Sea bienvenido a mi morada! ¡Entre en el castillo por su propia voluntad!
No avanzò hacia mì sino que permaneciò màs allà del umbral, semejante a una estatua, como si el primer gesto que hizo para saludarme le hubiera petrificado.
Sin embargo, apenas hube franqueado el umbral, vino hacia mì, precipitandose casi ami encuentro, y con su mano tendida asiò la mìa con una fuerza tal que me estremecì de dolor...tanto mas cuanto que aquella mano tan poderosa estaba helada como la nieve, semejando màs la mano de un muerto que la de un vivo.
-Sea bienvenido a mi morada!-repitiò-.Entre por su propia voluntad, entre sin temor y deje aquì parte de la felicidad que lleva consigo.
-¿el conde Dràcula?-preguntè para asegurarme.
(...)
-Sì, soy el conde Dràcula...

