Ojos centelleantes

El Sol poniente, que descendìa tras el promontorio, teñìa con una luminosidad rojiza muy bella, el acantilado y la antigua Abadìa. Permanecimos calladas unos instantes, y al cabo, Lucy murmurò, como para sì misma:
-¡Siempre sus ojos rojos! ¡Iguales, siempre iguales!
(...)
No he proferido el menor comentario, màs he seguido su mirada. La tenìa fija en nuestro banco donde se hallaba sentada una sombrìa figura. Yo misma me he visto turbada, porque en el espacio de una fracciòn de segundo, tuve la impresiòn de que aquèl individuo poseìa, en efecto, unos ojos centelleantes.
Bram Stoker.
Dràcula.

