Una larga fila de dientes

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Jhonatan vivía solo y se complacía en ello. El mundo le producía una indiferencia que rayaba en egoísmo y sus semejantes le producían algo parecido a la repugnancia.

Rara vez después del trabajo abandonaba la habitación  que ocupaba en una pensión barata de un barrio popular. Las calles se habían tornado inquietantes a fuerza de inseguras; Jhonatan perdía la paciencia a la vista de tanto niño indigente, de las galladas de muchachos fanfarrones en las aceras, ladronzuelos de poca monta y mala actitud en las esquinas oscuras, hombres desempleados en las terrazas de las casas, ancianos beodos en las cantinas y chicas jovencisímas contoneándose por la calle provocativamente desvestidas.

Una vez, durante la hora del almuerzo , escuchó una conversación de dos hombres sentados a su misma mesa; él siempre procuraba sentarse a solas, pero ese día en el restaurante -si podía llamarse así a un sitio de ventas de comida al aire libre en plena acera de una avenida principal- estaba atestado y no tuvo más remedio que compartir la mesa, dado que el dienro no le alcanzaba para ir a otro lugar.

Los dos tipos hablaban de crear un grupo de "limpieza social" para librar al barrio de tnato indeseable. J. supuso que se trataba de una conversación intrascendente, más destinada a demostrar "dureza" que dirigida a un fin específico.

Pero no pudo sacarsela de la cabeza.

Adquirir un arma resultó fácil.

Una noche venció la indecisión y salió a la calle. Era una noche solitaria y hacía un calor pesado y silencioso. En una esquina entrevió el bulto de un  indigente durmiendo en la acera. J. se acercó y le pateó en una pierna para obligarlo a despertar. Resultó ser un hombre joven, totalmente embrutecido por la miseria. Sacò el arma y le instó a que abandonara el barrio mientra  le apuntaba al pecho. El mendigo protestó y se irguió hasta quedar sentado. J. miró sus ojos rojos y hundidos, casi que brillando en la semi penumbra; obsevó sus manos de dedos largos y torcidos, tan sucias que parecían tener vellos en las palmas; sintió nauseas ante el fétido hálito que llegó hasta él como un golpe. Entonces apretó el gatillo varias veces, sin detenerse a pensar.

Aunque la sangre brotó del cuerpo convulsionado, el indigente no abandonó su posición ni su actitud; por el  contrario, su rostro se cubrió de una sombra de odio contra la cual los ojos inyectados en sangre titilaron aún màs.

Paralizado por el miedo, lo único que J. pudo hacer fue mirar la larga fila de dientes feroces y amarillos que sobresalieron de entre los labios del otro, en una sonrisa màs parecida al rictus de ferocidad de un animal de presa...

Bufón.

22-02-07

13/03/2008 16:42

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