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02/03/2008
Mapas de enanos
Las runas lunares leídas por Elrond eran: En el Mapa los puntos cardinales están señalados con runas, con el Este arriba, como es común en los mapas de Enanos, y han de leerse en el sentido de las manecillas del reloj: Este, Sur, Oeste, Norte.J. R. R. TolkienEl HobbitTomado de www.primeraspaginas.com/capitulo.asp?lib=142 La casa de un hobbit
En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad. Tenía una puerta redonda, perfecta como un ojo de buey, pintada de verde, con una manilla de bronce dorada y brillante, justo en el medio. La puerta se abría a un vestíbulo cilíndrico, como un túnel: un túnel muy cómodo, sin humos, con paredes revestidas de madera y suelos enlosados y alfombrados, provistos de sillas barnizadas, y montones y montones de perchas para sombreros y abrigos; el hobbit era aficionado a las visitas. El túnel se extendía serpeando, y penetraba bastante, pero no directamente, en la ladera de la colina —La Colina, como la llamaba toda la gente de muchas millas alrededor—, y muchas puertecitas redondas se abrían en él, primero a un lado y luego al otro. Nada de subir escaleras para el hobbit: dormitorios, cuartos de baño, bodegas, despensas (muchas), armarios (habitaciones enteras dedicadas a ropa), cocinas, comedores, se encontraban en la misma planta, y en verdad en el mismo pasillo. Las mejores habitaciones estaban todas a la izquierda de la puerta principal, pues eran las únicas que tenían ventanas, ventanas redondas, profundamente excavadas, que miraban al jardín y los prados de más allá, camino del río.
J. R. R. Tolkien
El HobbitLa familia Bolsón

Los Bolsón habían vivido en las cercanías de La Colina desde hacía muchísimo tiempo, y la gente los consideraba muy respetables, no sólo porque casi todos eran ricos, sino también porque nunca tenían ninguna aventura ni hacían algo inesperado: uno podía saber lo que diría un Bolsón acerca de cualquier asunto sin necesidad de preguntárselo. Ésta es la historia de cómo un Bolsón tuvo una aventura, y se encontró a sí mismo haciendo y diciendo cosas por completo inesperadas.
J. R. R. Tolkien
El Hobbit
Hobbits

pero ¿qué es un hobbit? Supongo que los hobbits necesitan hoy que se los describa de algún modo, ya que se volvieron bastante raros y tímidos con la Gente Grande, como nos llaman. Son (o fueron) gente menuda de la mitad de nuestra talla, y más pequeños que los enanos barbados. Los hobbits no tienen barba. Hay poca o ninguna magia en ellos, excepto esa común y cotidiana que los ayuda a desaparecer en silencio y rápidamente, cuando gente grande y estúpida como vosotros o yo se acerca sin mirar por dónde va, con un ruido de elefantes que puede oírse a una milla de distancia. Tienden a ser gruesos de vientre; visten de colores brillantes (sobre todo verde y amarillo); no usan zapatos, porque en los pies tienen suelas naturales de piel y un pelo espeso y tibio de color castaño, como el que les crece en la cabeza (que es rizado); los dedos son largos, mañosos y morenos, los rostros afables, y se ríen con profundas y jugosas risas (especialmente después de cenar, lo que hacen dos veces al día, cuando pueden).
J. R. R. Tolkien
La familia Tuk
Se decía a menudo (en otras familias) que tiempo atrás un antepasado de los Tuk se había casado sin duda con un hada. Eso era, desde luego, absurdo, pero por cierto había todavía algo no del todo hobbit en ellos, y de cuando en cuando miembros del clan Tuk salían a correr aventuras. Desaparecían con discreción, y la familia echaba tierra sobre el asunto; pero los Tuk no eran tan respetables como los Bolsón, aunque indudablemente más ricos.
J. R. R. Tolkien
Gandalf

Todo lo que el confiado Bilbo vio aquella mañana fue un anciano con un bastón. Tenía un sombrero azul, alto y puntiagudo, una larga capa gris, una bufanda de plata sobre la que colgaba una barba larga y blanca hasta más abajo de la cintura, y botas negras.
(...)—¡Gandalf, Gandalf! ¡Válgame el cielo! ¿No sois vos el mago errante que dio al Viejo Tuk un par de botones mágicos de diamante que se abrochaban solos y no se desabrochaban hasta que les dabas una orden? ¿No sois vos quien contaba en las reuniones aquellas historias maravillosas de dragones y trasgos y gigantes y rescates de princesas y la inesperada fortuna de los hijos de madre viuda? ¿No el hombre que acostumbraba a fabricar aquellos fuegos de artificio tan excelentes? ¡Los recuerdo! El Viejo Tuk los preparaba en los solsticios de verano. ¡Espléndidos! Subían como grandes lirios, cabezas de dragón y árboles de fuego que quedaban suspendidos en el aire durante todo el crepúsculo. —Ya os habréis dado cuenta de que el señor Bolsón no era tan prosaico como él mismo creía, y también de que era muy aficionado a las flores.— ¡Diantre! —continuó—. ¿No sois vos el Gandalf responsable de que tantos y tantos jóvenes apacibles partiesen hacia el Azul en busca de locas aventuras? Cualquier cosa desde trepar árboles a visitar elfos... o zarpar en barcos, ¡y navegar hacia otras costas! ¡Caramba!, la vida era bastante apacible entonces... Quiero decir, en un tiempo tuvisteis la costumbre de perturbarlo todo en estos sitios. Os pido perdón, pero no tenía ni idea de que todavía estuvieseis en actividad.
J. R. R. Tolkien13/03/2008
Una larga fila de dientes

Jhonatan vivía solo y se complacía en ello. El mundo le producía una indiferencia que rayaba en egoísmo y sus semejantes le producían algo parecido a la repugnancia.
Rara vez después del trabajo abandonaba la habitación que ocupaba en una pensión barata de un barrio popular. Las calles se habían tornado inquietantes a fuerza de inseguras; Jhonatan perdía la paciencia a la vista de tanto niño indigente, de las galladas de muchachos fanfarrones en las aceras, ladronzuelos de poca monta y mala actitud en las esquinas oscuras, hombres desempleados en las terrazas de las casas, ancianos beodos en las cantinas y chicas jovencisímas contoneándose por la calle provocativamente desvestidas.
Una vez, durante la hora del almuerzo , escuchó una conversación de dos hombres sentados a su misma mesa; él siempre procuraba sentarse a solas, pero ese día en el restaurante -si podía llamarse así a un sitio de ventas de comida al aire libre en plena acera de una avenida principal- estaba atestado y no tuvo más remedio que compartir la mesa, dado que el dienro no le alcanzaba para ir a otro lugar.
Los dos tipos hablaban de crear un grupo de "limpieza social" para librar al barrio de tnato indeseable. J. supuso que se trataba de una conversación intrascendente, más destinada a demostrar "dureza" que dirigida a un fin específico.
Pero no pudo sacarsela de la cabeza.
Adquirir un arma resultó fácil.
Una noche venció la indecisión y salió a la calle. Era una noche solitaria y hacía un calor pesado y silencioso. En una esquina entrevió el bulto de un indigente durmiendo en la acera. J. se acercó y le pateó en una pierna para obligarlo a despertar. Resultó ser un hombre joven, totalmente embrutecido por la miseria. Sacò el arma y le instó a que abandonara el barrio mientra le apuntaba al pecho. El mendigo protestó y se irguió hasta quedar sentado. J. miró sus ojos rojos y hundidos, casi que brillando en la semi penumbra; obsevó sus manos de dedos largos y torcidos, tan sucias que parecían tener vellos en las palmas; sintió nauseas ante el fétido hálito que llegó hasta él como un golpe. Entonces apretó el gatillo varias veces, sin detenerse a pensar.
Aunque la sangre brotó del cuerpo convulsionado, el indigente no abandonó su posición ni su actitud; por el contrario, su rostro se cubrió de una sombra de odio contra la cual los ojos inyectados en sangre titilaron aún màs.
Paralizado por el miedo, lo único que J. pudo hacer fue mirar la larga fila de dientes feroces y amarillos que sobresalieron de entre los labios del otro, en una sonrisa màs parecida al rictus de ferocidad de un animal de presa...
Bufón.
22-02-07
Matriz

Lo seguìan de nuevo. Estaba seguro. Sintiò una puñalada de exaltaciòn, los octógonos y la adrenalina se mezclaron con algo más. Estás disfrutándolo, pensó; estás loco.
Porque, de alguna extraña y muy aproximada manera, era como activar un programa en la matriz. Bastaba con que uno se quemara lo suficiente, se encontrara con algún problema desesperado pero extrañamente arbitrario, y era posible ver a Ninsei como si fuera un campo de informaciòn; del mismo modo en que la matriz le había recordado una vez las proteína que se enlazaban distinguiendo especialidades celulares. Entonces uno podía flotar y deslizarse a alta velocidad, totalmente comprometido pero también totalmente separado, y alrededor d euno, la danza de los negocios, la información interactuando, los datos hechos carne en el laberinto del mercado negro...
William Gibson.
Neuromante.
23/03/2008
Nómadas

Ellos siempre habìan sido nómadas y eso no había cambiado con el tiempo, pero ahora procuraban controlar los ìmpetus de sus desplazamientos desde que comprendieron que, algunas veces, sus abruptas irrupciones podìan generar cambios inverosìmiles en el planeta- o incluso en el sistema completo- de destino, con consecuencias imprevisibles, nefastas unas, otras un tanto desconcertantes, como la ocurrida en aquel planetoide azul, en el cual la fuerza de su arribo trastornò tanto el entorno que provocò la desapariciòn total de la especie dominante, seres instintivos pero de gran adaptabilidad, permitiendo la ascenciòn de una raza màs dèbil, menos resistente, pero poseedora de un vislumbre de conciencia que les permitiò sobrevivir.
Para algunos de Ellos este hecho era una perentoria advertencia.
Para otros, no era màs que una de esas ironìas de la naturaleza...
Bufòn
26-11-06
24/03/2008
Los Restituyentes

Cuando la antigua raza de los Restituyentes arribó a la Tierra, la visión de un mundo ferozmente destruido auguró pocas esperanzas de que valiera la pena restituir a la especie causante de tal devastación.
De todas maneras, más por meticulosidad en el trabajo que por convicción, se pusieron manos a la obra en su incansable labor de reconstruir vidas apagadas.
Era poco lo que quedaba, y estos fragmentos aislados rsultaban casi imposibles de situar dentro de una imagen general, que permitiera la comprensión de la extirpe desaparecida.
No obstante consiguieron arrebatarle a la muerte y al olvido parte del botín cosechado. Los primeros seres abocados a la recreación a partir del último instante antes de la destrucción, despertaban presas de la angustia, los ojos desorbitados, la boca podrida en alaridos. No tardaban en morir, víctimas de su propia desesperación.
Los Restituyentes se encontraron perplejos. Al parecer estos seres no tenían ninguna motivación para aferrarse. Pensaron que quizás en criaturas de fisilogía ten endeble, la aniquilación total debió resultar traumática, así que en los siguientes intentos los seres fueron recreados a partir de momentos más alejados del apocalipsis final. Pero los resultados fueron iguales. Los seres se eclipsaban hasta borrarse. Desconsolados, los Restituyentes estaban a punto de abandonar, cuando uno de Ellos descubrió material escrito. Se trataba de unos pocos folios apenas conservados. No fué díficil comprenderlos ya que las formas comunicativas del planeta habían estado vagando por el espacio durante mucho tiempo.
Las páginas ajadas hablaban de un sentimiento llamado amor, que instalaba al sujeto en la esperanza de la trascendencia, del rompimiento de los límites individuales para unirse en uno con el objeto de su amor, trasgrediendo dimensiones de espacio y tiempo.
Dada que la suya era una sociedad más que todo científica y tecnológica, un entendimiento como este era para Ellos no sólo extraño sino además tentador.
De vuelta al trabajo, restituyeron a todos los seres encontrados alrededor del del punto en que fueron hallados los documentos y,una vez despiertos, interrogados al respecto. Nadie parecía saber nada y se marchitaban sin ganas de luchar.
No obstante, al fin encontraron a un hombre que pareció interesado. Los Restituyentes le mostraron las hojas de papel para que revelara su significado.
Él las miró extraviado...
-Lo que tienen aquí-explicó- no son una muestra de escrituras sagradas ni legislaciones ni novelizaciones que regían nuestras vidas... Esto ahora lo recuerdo, son cartas devueltas que envié a una joven a la que juré amar toda la vida, pero a la que abandoné causandole un gran dolor...
El ser no dijo nada más y languideció hasta extinguirse.
Los Restituyentes regresaron a sus naves, decepcionados de que, una vez más, habían sido burlados en sus intenciones...
Bufón
29-10-05/17-04-07
30/03/2008
La princesa y el súcubo

El trasvase de la tarde a la noche se produce en completo misterio.
Supongo que si nos estuviera dado atisbarlo en silencio, veríamos a la virginal princesa de la leyenda acodada en el balcón, desvestirse en negro lentamente hasta hacer florecer en su piel la fría palidez del leve paso de una estrella, y en su alma, la acerada lascivia del vuelo incipiente, el súcubo lejano que con su aletear entrecortado viene a turbar con húmedas imágenes el sueño del durmiente...
Bufón.
29-04-07

