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30/03/2008

La princesa y el súcubo

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El trasvase de la tarde a la noche se produce en completo misterio.

Supongo que si nos estuviera dado atisbarlo en silencio, veríamos a la virginal princesa de la leyenda acodada en el balcón, desvestirse en negro lentamente hasta hacer florecer en su piel la fría palidez del leve paso de una estrella, y en su alma, la acerada lascivia del vuelo incipiente, el súcubo lejano que con su aletear entrecortado viene a turbar con húmedas imágenes el sueño del durmiente...

Bufón.

29-04-07

30/03/2008 17:48 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

13/03/2008

Una larga fila de dientes

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Jhonatan vivía solo y se complacía en ello. El mundo le producía una indiferencia que rayaba en egoísmo y sus semejantes le producían algo parecido a la repugnancia.

Rara vez después del trabajo abandonaba la habitación  que ocupaba en una pensión barata de un barrio popular. Las calles se habían tornado inquietantes a fuerza de inseguras; Jhonatan perdía la paciencia a la vista de tanto niño indigente, de las galladas de muchachos fanfarrones en las aceras, ladronzuelos de poca monta y mala actitud en las esquinas oscuras, hombres desempleados en las terrazas de las casas, ancianos beodos en las cantinas y chicas jovencisímas contoneándose por la calle provocativamente desvestidas.

Una vez, durante la hora del almuerzo , escuchó una conversación de dos hombres sentados a su misma mesa; él siempre procuraba sentarse a solas, pero ese día en el restaurante -si podía llamarse así a un sitio de ventas de comida al aire libre en plena acera de una avenida principal- estaba atestado y no tuvo más remedio que compartir la mesa, dado que el dienro no le alcanzaba para ir a otro lugar.

Los dos tipos hablaban de crear un grupo de "limpieza social" para librar al barrio de tnato indeseable. J. supuso que se trataba de una conversación intrascendente, más destinada a demostrar "dureza" que dirigida a un fin específico.

Pero no pudo sacarsela de la cabeza.

Adquirir un arma resultó fácil.

Una noche venció la indecisión y salió a la calle. Era una noche solitaria y hacía un calor pesado y silencioso. En una esquina entrevió el bulto de un  indigente durmiendo en la acera. J. se acercó y le pateó en una pierna para obligarlo a despertar. Resultó ser un hombre joven, totalmente embrutecido por la miseria. Sacò el arma y le instó a que abandonara el barrio mientra  le apuntaba al pecho. El mendigo protestó y se irguió hasta quedar sentado. J. miró sus ojos rojos y hundidos, casi que brillando en la semi penumbra; obsevó sus manos de dedos largos y torcidos, tan sucias que parecían tener vellos en las palmas; sintió nauseas ante el fétido hálito que llegó hasta él como un golpe. Entonces apretó el gatillo varias veces, sin detenerse a pensar.

Aunque la sangre brotó del cuerpo convulsionado, el indigente no abandonó su posición ni su actitud; por el  contrario, su rostro se cubrió de una sombra de odio contra la cual los ojos inyectados en sangre titilaron aún màs.

Paralizado por el miedo, lo único que J. pudo hacer fue mirar la larga fila de dientes feroces y amarillos que sobresalieron de entre los labios del otro, en una sonrisa màs parecida al rictus de ferocidad de un animal de presa...

Bufón.

22-02-07

13/03/2008 16:42 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

25/02/2008

Regla

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-¡Re-gla!

Chris Hargensen lanzò el primer grito.

(...)

-¡Por el amor de Dios, Carrie, tienes el perìodo!-gritò Sue-.¡Lìmpiate!

-¿Ah?

(...) A los dieciseis años, la huidiza marca de la persona que ha sido hondamente herida ya aparecìa claramente en sus ojos.

(...)

-¡Estàs sangrando!- gritò de repente Sue, furiosa-. ¡Estàs sangrando, mamarracho estùpido!

Carrie bajò la vista y se mirò.

Diò un alarido.

(...)

De repente, un tapòn la golpeò en el pecho y cayò a sus pies con un ruido sordo. (...) Las chicas estaban bombardeàndola con tapones y compresas higiènicas(...) La salmodia  se convirtiò en : Que lo tape, que lo tape, que lo tape, que lo...

(...)

_Creo que debe ser la primera vez que...-comenzò Sue, de manera lenta y vacilante.

Stephen KIng

Carrie.

Cìrculo de lectores, Barcelona,1974

25/02/2008 19:38 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

Annie

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-¿Dònde estoy? -dirigiendose a la mujer que estaba sentada junto a la cama con un libro en las manos. El nombre del autor del libro era Paul Sheldon. Lo reconociò como su propio nombre, sin sorprenderse.

-En Sidewinder, Colorado. -dijo ella cuando al fin pudo hacer la pregunta-. Yo soy Annie Wilkes,tu...

-Lo sè- dijo èl-. Mi admiradora nùmero uno.

-Sì- dijo ella, sonriendo-. Eso es precisamente lo que soy.

Stephen King

Misery

Cìrculo de lectores S.A., Bogotà, 1989

25/02/2008 19:27 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

24/01/2008

Flor necròfaga

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Los vampiros, si es que existìan -no podìa evitar la oraciòn condicional- eran màs antiguos que la Humanidad.

¿Pero cuànto? (...)

¿Por què se les temìa tanto?

Eran una plaga.

Traìan consigo la muerte. Algo peor que la muerte, la existencia de los no-muertos. Siempre que la leyenda fuera cierta.

Y eligieron a los humanos como su presa predilecta, activando uno de los màs fuertes instintos que habìa bajo el nivel neocortical, el gran arquetipo del sexo.

De la misma forma que una flor atrae por medio de su aroma.

Brian Aldiss.

Dràcula desencadenado.

24/01/2008 17:10 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

23/01/2008

Vampiros

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Sin lugar a dudas, la especie humana terminarìa con todos los vampiros, como habài estao apunto de acabar con los lobos, si estuvieran realmete convenciods de su existencia. Si se pensaba bien alos vampiros no era dìficil matarlos, exterminarlos. ¿Lo era? La bala de plata. La luz. El sìmbolo religioso. La estaca en el corazòn.

Brian Aldiss.

Dràcula desencadenado.

Celeste Ediciones, S.A., Madrid, 2001.

23/01/2008 23:21 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

Necronomicòn

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(...) El escritor inglès Colin Wilson, (...) se interesa mucho en los temas  objeto de este libro y a propòsito de ellos ha escrito ensayos tales como La fuerza de soñar, y novelas como La piedra filosofal y La caja de vidrio. Colin Wilson acaba de escribir un relato, El regreso de los Lloigor, en el que propone un desciframiento imaginario del manuscrito Voynich. El tìtulo del manuscrito asì descifrado es el siguiente: Necronomicòn.

Jacques Bergier.

Los extraterrestres en la historia.

Plaza y Janès S.A., Editores, Barcelona, 1976.

23/01/2008 22:57 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

19/01/2008

Lo siniestro

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Lo siniestro serìa aquella suerte de espantoso que afecta las cosas conocidas y familiares desde tiempo atràs.

Sigmund Freud.

Obras completas. Tomo VII, Biblioteca Nueva, Madrid, 1974.

19/01/2008 22:00 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

06/01/2008

Himno a Satàn

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Tú que eres tan sólo
una herida en la pared
y un rasguño en la frente
que induce suavemente a la muerte:
tú ayudas a los débiles
mejor que los cristianos
tú vienes de las estrellas
y odias esta tierra
donde moribundos descalzos
se dan la mano día tras día
buscando entre la mierda
la razón de su vida;
yo que nací del excremento
te amo
y amo posar sobre tus manos delicadas mis heces.
Tu símbolo es el ciervo
y el mío la luna:
que caiga la lluvia sobre
nuestras faces
uniéndonos en un abrazo
silencioso y cruel en que
como el suicidio, sueño
sin ángeles ni mujeres
desnudo de todo
salvo de tu nombre
de tus besos en mi ano
y tus caricias en mi cabeza calva
rociaremos con vino, orina y sangre
las iglesias
regalo de los magos
y debajo del crucifijo
aullaremos.

Leopoldo Marìa Panero.

Tomado de www.phiblògsopho.blogspot.com
06/01/2008 18:43 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

El momento de morir

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Entonces, mientras camines
Por esta tierra, Tu y tus hijos
Abrazaréis las Tinieblas,
Beberéis sólo sangre,
Comeréis sólo cenizas,
Seréis como fuisteis
En el momento de morir.

Libro de NOD
 
 

06/01/2008 17:01 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

Una noche entera

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Poco importan las circunstancias en que los dos se conocieron. De todas maneras, para agregarle algo de romanticismo a la historia, dirè que fue durante un ciclo de pelìculas de Eliseo Subiela en la Escuela de Bellas Artes de la ciudad.

Èl traìa la cabeza llena de fantasìas, ella contemplaba con desgano las calles anochecidas y desoladas. Èl apenas cumplìa los dieciocho, ella parecìa mucho mayor.

Con el corazòn palpitante, èl la llevò hasta un parque cercano, a una banca de cemento donde iniciò el contacto. Ella era tan hermosa que èl, mezclado al anhelo de tenerla, sintiò el vertigo de un miedo visceral que atribuyò a su  casi total inexperiencia. La besò en la boca con la fuerza y la poca destreza de la primera vez, cortàndose los labios, embebièndose en el sabor amargo de la sangre y oscuro del deseo...

Ella desapareciò antes del alba. Èl se levantò, pàlido, aterido, confuso, preguntàndose què iba a decir en casa para justificar la ausencia de la noche entera y el hilillo de sangre que le corrìa por el cuello, proveniente de dos pequeñas heridas abiertas en su piel...

Bufòn.

30-03-07

06/01/2008 16:57 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

07/10/2007

Libro de Stephen King gratis

Intercambio Misery y Carrie de Stephen King, usados, en buen estado, por cualquier libro o autor de  terror, sci fi o novela negra.

Gastos de envìo a convenir.

Escribeme a bufonrebp@latinmail.com

07/10/2007 20:44 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

25/04/2007

Ojos centelleantes

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El Sol poniente, que descendìa tras el promontorio, teñìa con una luminosidad rojiza muy bella, el acantilado y la antigua Abadìa. Permanecimos calladas unos instantes, y al cabo, Lucy murmurò, como para sì misma:

-¡Siempre sus ojos rojos! ¡Iguales, siempre iguales!

(...)

No he proferido el menor comentario, màs he seguido su mirada. La tenìa fija en nuestro banco donde se hallaba sentada una sombrìa figura. Yo misma me he visto turbada, porque en el espacio de una fracciòn de segundo, tuve la impresiòn de que aquèl individuo poseìa, en efecto, unos ojos centelleantes.

Bram Stoker.

Dràcula.

25/04/2007 17:38 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

Lucy

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Fuesen cuales fuesen mis sentimientos, de esperanza, alivio o temor, no quedaron defraudados, ya que allì, en nuestro banco alumbrado por la luna argentìfera, se hallaba una figura blanca como la nieve, medio acostada. La siguiente nube, impelida por un fuerte viento, cubriò demasiado pronto a la Luna para que yo pudiera divisar algo màs, pero tuve la sensaciòn de que algo sombrìo se hallaba de pie detràs del banco, inclinàndose sobre la blanca figura. No supe si se trataba de un hombre o de una bestia.

(...)

-¡Lucy! ¡Lucy!- gritè al momento.

Entonces, vì còmo se erguìa un semblante sumamente pàlido, con unos ojos llameantes.

Dràcula.

Bram Stoker.

25/04/2007 17:24 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

29/03/2007

Mìster Hyde

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El hombre se apellidaba Hyde.

(...)

-No es fàcil de describir. Hay algo extraño en su aspecto; algo desagradable. algo completamente detestable. Nunca conocì a un hombre que me desagradara tanto; sin embargo, apenas si sè por què. Debe de ser deforme de alguna parte; produce una fuerte sensaciòn de deformidad, aunque no podrìa especificar el punto. Es un individuo de aspecto extraordinario, y no obstante, verdaderamente no podrìa yo señalar algo anormal.

R. L. Stevenson.

29/03/2007 18:55 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

El pasajero

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El 17 de julio, (...), Olgaren, marinero, vino a verme y me contò con espanto que estaba seguro de que a bordo se hallaba un hombre que no pertenecìa a la tripulaciòn. (...) vio a un individuo alto y delgado (...) subir la escalera y dirigirse al extremo de cubierta, por donde desapareciò. (...) Temo que el miedo se propague.

Diario de abordo del Demeter de Varna a Whitby.

Bram Stoker.

Dràcula.

29/03/2007 18:37 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

Esperar

Al fin y al cabo, vivir es esperar siempre algo màs de lo que ya poseemos, algo màs de lo que hacemos, y la muerte es lo ùnico en que podemos confiar. Si pequeña, que venga y cuanto antes mejor.

Bram Stoker.

29/03/2007 18:26 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

Dormir o morir

20070329181917-tumba-de-bram-stoker.jpg¡En un enorme cajòn colocado sobre un montòn de tierra, yacìa el conde! No supe si dormìa o estaba muerto, ya que tenìa los ojos abiertos, petrificados, mas no vidriosos como los de los muertos, y sus mejillas, a pesar de su palidez, conservaban el calor de la vida; en cuanto a los labios, seguìan tan rojos como siempre. Pero su cuerpo carcìa de movimiento, no habìa ninguna señal de respiraciòn, y el corazòn habìa cesado de latir.
29/03/2007 18:19 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

Monstruo

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...Oì un grito fuera, en el patio, el grito doloroso exhalado por una mujer. (...)

-¡Monstruo! ¿Devuèlveme a mi hijo!.

(...)

Por encima mìo, procedente sin duda de lo alto del torreòn, resonò la voz del conde. Era un murmullo ronco, que tenìa una nota metàlica. A lo lejos parecieron contestarle los aullidos de los lobos. Unos minutos màs tarde, una manada de lobos invadiò el patio con la fuerza impetuosa de un torrente.

La mujer no gritò y los lobos no tardaron en dejar de aullar. Poco despuès, la manada se retirò, con las fauces ensangrentadas.

Bram Stoker.

Dràcula

29/03/2007 18:13 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

Dos dientes puntiagudos

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No estaba solo. En la estancia no habìa cambiado nada desde que entrè en ella. (...)Pero ante mì se hallaban tres jòvenes(...) Tan pronto como las divisè, creì soñar ya que, aunque el claro de luna entraba por una ventana situada a sus espaldas, no proyectaban ninguna sombra...

(...)Las tre poseìan unos dientes de esplendente blancura, brillantes como perlas entre unos labios muy rojos y sensuales.

Su presencia me produjo un gran malestar, experimentando a la vez deseo y temor.

La rubia se aproximò, y se inclinò sobre mì hasta poder yo percibir su respiraciòn agitada. Su aliento, en cierto sentido,era dulce...(...), màs a esa dulzura se mezclaba un tinte amargo, como el olor que desprende la sangra fresca.

(...) Su cabeza descendiò lentament, sus labios llegaron al nivel de mi boca. luego de mi barbilla, y tuve la impresiòn de que iban a pegarse a mi garganta.

(...)...Sentì la caricia temblorosa de unos labios en mi cuello, y el leve mordisco de dos dientes muy puntiagudos.

Bram Stoker.

Dràcula.

29/03/2007 18:04 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

Modernismo

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Los siglos anteriores tenìan, y tienen todavìa, unos poderes propios que el "modernismo" no consigue extinguir.

Bram Stoker.

29/03/2007 17:55 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

27/03/2007

En la ventana

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Al asomarme en la ventana hacia afuera,mi atenciòn se viò atraìda por algo que se movìa en el piso inferior hacia mi izquierda; por lo que sabìa de la disposiciòn de las habitaciones, me pareciò que los aposentos del conde se hallaban por aquella parte.(...)

(...)...Vì salir lentamente al conde por la ventana de su habitaciòn, y arrastrarse por el muro del castillo, cabeza abajo. De este modo, descendiò haica el tenebroso abismo, con su capa desplegàndose en torno suyo, como si fueran dos grandes alas.

Bram Stoker.

Dràcula

27/03/2007 20:00 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

Espejos y vampiros

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Habìa colocado mi espejito de mano en el marco de la ventana y empecè a afeitarme cuando, de repente, sentì una mano en el hombro y reconocì la voz del conde.

-Buenos dìas.

Me sobresaltè, muy extrañado de no haberle oìdo entrar, ni haberle visto, ya que, por el espejito, veìa reflejada toda la habitaciòn a mis espaldas.

(...)Cuando hube contestado al saludo del conde, me puse a mirar otra vez por el espejo, tratando de comprender còmo habìa podido engañarme. No habìa el menor error: sabìa que el conde se hallaba detràs de mì, casi a mi lado, y sòlo tenìa que volver la cabeza para verle. Pues bien ¡el espejo no reflejaba su imagen!

Bram Stoker.

Dràcula.

27/03/2007 19:35 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

09/02/2007

Transilvania

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En Londres, unos momentos de ocio me habìan permitido ir al Museo Britànico y a la Biblioteca Nacional donde consultè mapas y libros relativos a Transilvania; me parecìa intereante ponerme al corriente de ciertos datos respectivos al paìs, puesto que debìa mantener tratos con un caballero natural de allì.

(...)Pero ningùn libro, ningùn mapa pudo indicarme el lugar exacto donde se alzaba el castillo del conde Dràcula...

Bram Stoker

09/02/2007 23:07 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

23/01/2007

El nombre del diablo

20070123234238-diablo.jpgAkshani, Yabir Ibn   (Siglo XVII)- Segùn una leyenda de los tañedores de laùd de Anatolia, este fuè el nombre que llevò durante algún tiempo el diablo, y bajo el cual se presentaba ante uno de los tañedores màs famosos del laùd del siglo XVII, Yusuf Masudi.Ibn Akshani era también tañedor de laùd muy hábil. Existe una notaciòn suya para una canciòn, gracias a la cual sabemos que al tocar utilizaba màs de diez dedos… Milorad Pavic.Diccionario Jàzaro.Tomado de www.pavic-petrovic.blogcindario.com
23/01/2007 23:42 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

La llave de plata II

20070123232000-llave.jpgDe este modo, cuando cumplió los cincuenta años, perdió toda esperanza de paz o de felicidad, en un mundo demasiado atareado para percibir la belleza y demasiado intelectual para tolerar los sueños. Habiendo comprendido al fin la fatalidad de todas las cosas reales, Carter pasó sus días en soledad, recordando con añoranza los sueños perdidos de su juventud. Consideró que era una estupidez seguir viviendo de esa manera, y por mediación de un sudamericano, conocido suyo, consiguió una poción muy singular, capaz de sumirle sin sufrimiento en el olvido de la muerte. La desidia y la fuerza de la costumbre, no obstante, le hicieron aplazar esta decisión, y siguió languideciendo sin resolverse a poner fin a su vida, y vagando por el mundo de sus recuerdos. Quitó las extrañas colgaduras de las paredes y volvió a arreglar la casa como en sus primeros años de juventud: repuso las cortinas purpúreas, los muebles victorianos y todo lo demás. Con el paso del tiempo, casi llegó a alegrarse de haber diferido su determinación, ya que sus recuerdos de juventud y su ruptura con el mundo hicieron que la vida y sus sofisterías le pareciesen muy distantes e irreales, tanto más cuanto que a ello se añadió un toque de magia y esperanza que ahora empezaba a deslizarse en sus descansos nocturnos. Durante años, en sus noches de ensueño, sólo había visto los reflejos deformados de las cosas cotidianas, tal como las veían los más vulgares soñadores; pero ahora comenzaba a vislumbrar de nuevo el resplandor de un mundo extraño y fantástico, de una naturaleza confusa aunque pavorosamente inminente, que adoptaba la forma de escenas nítidas de sus tiempos de niñez y le hacía recordar hechos y cosas intranscendentes, largo tiempo olvidados. A menudo se despertaba llamando a su madre y a su abuelo, cuando hacía ya un cuarto de siglo que ambos descansaban en sus tumbas. Luego, una noche, su abuelo le recordó la llave. Aquel sabio de cabeza encanecida, con la misma apariencia de vida que en sus buenos tiempos, le habló larga y seriamente de su rancia estirpe y de las extrañas visiones que habían tenido aquellos hombres refinados y sensibles que eran sus antepasados. Le habló del cruzado de ojos llameantes, y de los crueles secretos que éste aprendió de los sarracenos durante el tiempo que lo tuvieron en cautiverio; del primer sir Randolph Carter, que estudió artes mágicas en tiempos de la reina Isabel. Asimismo, le habló de Edmund Carter, que estuvo a punto de ser ahorcado con las brujas de la ciudad de Salem, y que había guardado en una caja una gran llave de plata que había recibido de manos de sus mayores. Antes que Carter despertara, su etéreo visitante le dijo dónde encontraría la caja y que se trataba de un cofrecillo de prodigiosa antigüedad, cuya tosca tapa, tallada en madera de roble, no había abierto mano alguna desde hacía doscientos años. Entre el polvo y las sombras del desván lo encontró, remoto y olvidado en el último cajón de una enorme cómoda. El cofrecillo era como de un pie cuadrado, y tenía unos bajorrelieves góticos tan tenebrosos, que no se extrañó de que nadie se hubiera atrevido a abrirlo desde los tiempos de Edmund Carter. No sonó nada dentro al sacudirlo, pero despidió místicos perfumes de especias olvidadas. Lo de que contenía una llave no era, sin duda alguna, más que una oscura leyenda. Ni siquiera el padre de Randolph Carter había sabido nunca que existiese tal cofrecillo. Estaba reforzado con tiras de hierro herrumbroso y no parecía haber medio alguno de abrir su imponente cerradura. Carter tenía el vago presentimiento de que dentro encontraría la llave de la perdida puerta de los sueños, pero su abuelo no le había dicho una sola palabra de cómo y dónde usarla. Un viejo criado suyo forzó la tapa esculpida; y al hacerlo, las horribles caras les miraron desde la madera ennegrecida. En el interior, un pergamino descolorido envolvía una enorme llave de plata deslustrada, labrada con misteriosos arabescos; pero no había allí explicación legible de ninguna clase. El pergamino era voluminoso, y estaba cubierto de extraños jeroglíficos pertenecientes a una lengua desconocida, trazados con un antiguo junco. Carter reconoció en ellos los mismos caracteres que había visto en cierto rollo de papiro que perteneciera al terrible sabio del Sur, el que desapareció una noche en determinado cementerio de remota antigüedad. Aquel hombre se estremecía siempre que consultaba el rollo, y Carter tembló ahora también. Pero limpió la llave y la conservo esa noche a su lado, metida en su aromático estuche de roble viejo. Entre tanto, sus sueños se fueron haciendo más vívidos y, aunque en ellos no aparecía ninguna de aquellas extrañas ciudades, ni los increíbles jardines de sus viejos tiempos, fueron adquiriendo un significado definido cuya finalidad no dejaba lugar a dudas. Era llamado en sueños desde un pasado remoto, y se sentía arrastrado por las voluntades unidas de todos sus antepasados hacia alguna fuente oculta y ancestral. Entonces comprendió que debía penetrar en el pasado y confundirse con las viejas cosas; y día tras día pensó en las colinas del norte, donde se hallan la encantada ciudad de Arkham y el impetuoso Miskatonic, y la rústica y solitaria morada de su familia. Bajo la lívida luz del otoño, Carter emprendió el viejo camino a través de un mágico panorama de colinas onduladas y de prados cercados de piedra, y atravesó el valle lejano de laderas cubiertas de bosque, recorrió la serpeante carretera, pasó junto a las abrigadas granjas y bordeó los meandros cristalinos del Miskatonic, cruzado aquí y allá por rústicos puentecillos de madera o de piedra. En una de sus curvas vio el grupo de olmos gigantescos donde había desaparecido misteriosamente uno de sus antepasados hacía ciento cincuenta años, y se estremeció al sentir el viento que soplaba de modo significativo entre sus troncos. Luego apareció la casa solitaria y ruinosa del viejo Goody Fowler, el brujo, con sus ventanucos endemoniados y su gran tejado que descendía casi hasta el suelo por la parte de atrás. Pisó el acelerador al pasar por delante, y no moderó la marcha hasta haber coronado la colina donde había nacido su madre, y los padres de su madre, en un blanco y viejo caserón que todavía conservaba su imponente aspecto desde la carretera, colgado sobre un paisaje trágico y maravilloso de rocosas pendientes y valles verdeantes, en cuyo horizonte se divisaban los lejanos campanarios de Kingsport, y aún más allá se adivinaba la presencia de un mar arcaico y henchido de sueños. Luego vino la ladera de monte bajo donde se alzaba la mansión que Carter no había visitado desde hacía cuarenta años. Caía ya la tarde cuando llegó al pie del lugar, y a mitad de camino se detuvo a contemplar la extensa comarca dorada y celestial, inundada por la luz sesgada del sol poniente. Toda la fantasía y el anhelo de sus sueños recientes parecían encarnar en este paisaje apacible y extraño que le sugería la ignorada soledad de otros planetas. Recorrió con la mirada el tapiz desierto de los prados que se estremecía entre tapias derruidas y mágicos macizos de bosque que destacaban por encima del ondulado perfil de las colinas, y el valle espectral, poblado de árboles, que se precipitaba entre sombras hacia los húmedos bordes de los riachuelos cuyas aguas sollozaban al discurrir gorgoteantes entre hinchadas y retorcidas raíces. Algo le dijo que su automóvil no pertenecía a este universo, así que lo dejó junto al límite del bosque y, metiéndose la enorme llave en el bolsillo de la chaqueta, siguió subiendo a pie por la cuesta. Se internó en lo profundo del bosque, aun a sabiendas de que el edificio estaba en lo alto de una loma totalmente despejada de árboles, excepto por el norte. Se preguntó qué aspecto ofrecería la casa, puesto que estaba vacía y abandonada, en parte por culpa suya, desde la muerte de su extraño tío abuelo Christopher, ocurrida hacía treinta años. Durante su niñez había pasado largas temporadas allí, y había descubierto extrañas maravillas en los bosques que se extendían al otro lado del huerto. Las sombras se hicieron más densas a su alrededor, porque la noche estaba cerca. A su derecha, se abrió entre los árboles un calvero, de suerte que, durante un momento, pudo distinguir leguas y leguas de praderas bañadas de luz crepuscular. y al fondo, el campanario de la Congregación, que se alzaba sobre la Colina Central de Kingsport. Arrebolados con el último resplandor del día, los cristales redondos de las lejanas ventanitas parecían despedir llamaradas del fuego. Sin embargo, al sumergirse de nuevo en las sombras, recordó de pronto, con un sobresalto, que esta visión fugaz no podía proceder sino de algún trasfondo de su memoria infantil, ya que hacía mucho tiempo que la iglesia había sido derruida para construir en su lugar el Hospital de la Congregación. Había leído la noticia con interés, ya que el periódico hablaba además de las extrañas galerías o pasadizos que se habían encontrado en la roca, bajo sus cimientos. A través de su confusión, le pareció oír una voz aflautada, y al reconocer su acento familiar después de tantos años, sintió un nuevo escalofrío. Benjiah Corey, el antiguo criado de su tío Christopher, era ya un anciano en aquella época lejana de su niñez en que venía a pasar temporadas enteras al viejo caserón. Ahora tendría más de ciento cincuenta años; pero aquella voz cascada no podía ser de nadie más. Carter no pudo distinguir lo que decía, pero el tono era inconfundible y obsesionante. ¡Quién iba a decir que el «Viejo Benjy» aún estaba vivo! -¡Señorito Randy! ¡Señorito Randy! ¿Dónde estás? ¿Quieres matar de un disgusto a tu tía Martha? ¿No te dijo que no te alejaras de la casa cara a la noche, y que volvieras antes de oscurecer? ¡Randy! ¡Ran...dyyy! En mi vida he visto un chiquillo que le guste tanto corretear por el bosque; se pasa el día merodeando por esa maldita caverna de serpientes... ¡Eh, Ran...dyyy! Randolph Carter se paró en la densa oscuridad y se restregó los ojos con la mano. Era muy extraño. Algo no andaba bien. Se encontraba en un paraje donde no debía estar; se había extraviado en unos lugares muy apartados, adonde no debía haber ido, y ahora era imperdonablemente tarde. No había mirado la hora en el reloj del campanario de Kingsport, aun cuando podía haberla visto fácilmente con su catalejo de bolsillo; pero sabía que su retraso era algo muy extraño y sin precedentes. No estaba seguro de haberse traído consigo el catalejo, y se metió la mano en el bolsillo de la blusa para cerciorarse. No, no lo traía; pero en cambio llevaba una llave de plata que había encontrado en alguna parte, dentro de una caja. Tío Chris le dijo una vez algo muy raro acerca de una arqueta cerrada donde había una llave, pero tía Martha le hizo callar bruscamente, diciendo que no debía contar historias de ese género a un muchacho que ya tenía la cabeza demasiado llena de quimeras. Entonces intentó recordar exactamente dónde había encontrado la llave, pero todo era muy confuso. Se preguntó si no sería en el desván de su casa de Boston, y se acordó vagamente de haber sobornado a Parks con el sueldo de media semana para que le ayudara a abrir la caja, y guardara silencio después; pero al evocar la escena, la cara de Parks le resultó muy extraña, como si las arrugas de innumerables años hubieran hecho presa de pronto en el vivo y menudo cockney. -¡Ran. . . dyyy ! ¡Ran... dyyy! ¡Eh! ¡Eh! ¡Randy! Una linterna oscilante apareció por la curva oscura, y el viejo Benjiah se arrojó sobre la silueta silenciosa y perpleja de Carter. -¡Maldito crío, ahí estabas tú! ¿No tienes lengua en la boca, que no contestas? ¡Hace media hora que te estoy llamando, y me has tenido que oír hace rato! ¿Es que no sabes que tu tía Martha está la mar de preocupada por tu culpa? ¡Espera y verás, cuando se lo diga a tu tío Chris! ¡Deberías saber que estos bosques no son lugar a propósito para andar por ahí a estas horas! Te puedes tropezar con cosas malas, de las que nada bueno puedes esperar, como mi abuelo sabía muy bien antes que yo. ¡Vamos, señorito Randy, o Hanna no nos guardará la cena! De este modo, Carter se vio arrastrado cuesta arriba, hacia donde brillaban fascinantes las estrellas a través de los altos ramajes otoñales. Y oyeron ladrar a los perros, y vieron la luz amarillenta de las ventanas tras la última revuelta del camino, y contemplaron el parpadeo de las Pléyades por encima del calvero donde se erguía un gran tejado negro contra el agonizante crepúsculo de poniente. Tía Martha estaba en el umbral, y no regañó demasiado al pequeño tunante cuando Benjiah lo hizo entrar. Demasiado bien sabía por tío Chris que estas cosas eran propias de los Carter. Randolph no le enseñó la llave, sino que cenó en silencio y sólo protestó cuando llegó la hora de acostarse. El solía soñar mejor despierto, y por otra parte, quería utilizar la llave aquella. A la mañana siguiente, Randolph se levantó temprano, y habría echado a correr hacia la arboleda de arriba, si su tío Chris no le hubiera cogido, obligándole a sentarse a desayunar. Impaciente, paseó la mirada a su alrededor, por aquella estancia de suelo inclinado, por la alfombra andrajosa, por las descubiertas vigas del techo y por los pilares angulares, y sólo sonrió cuando las ramas del huerto arañaron los cristales de la ventana del fondo. Los árboles y las colinas estaban allí cerca, a su lado, y constituían las puertas de aquel reino intemporal que era su verdadera patria. Luego, cuando le dejaron libre, se tentó el bolsillo de la blusa para ver si tenía la llave; y al ver que sí, cruzó el huerto y echó hacia arriba, por donde el monte se elevaba hasta por encima del calvero. El suelo del bosque estaba tapizado de musgo y de misterio. Los grandes peñascos cubiertos de líquenes se erguían vagamente, bajo la luz difusa, como enormes monolitos druidas entre los troncos inmensos y retorcidos de un bosque sagrado. A mitad de su ascenso, Randolph cruzó un torrente cuyas cascadas, un poco más abajo, cantaban misteriosos sortilegios a los faunos escondidos, a los egipanes y a las dríadas. Luego llegó a la extraña cueva que se abría en la falda del monte, a la temible Caverna de las Serpientes que la gente del campo solía rehuir, y de la que pretendía mantenerle alejado Benjiah. La cueva era profunda, más profunda de lo que cualquiera habría sospechado, porque Randolph había descubierta una hendidura en el rincón más profundo y oscuro, que daba acceso a otra gruta más grande aún: a un espacio secreto y sepulcral cuyas graníticas paredes daban la impresión de haber sido trabajadas por un ser inteligente. Esta vez entró reptando, como en las demás ocasiones, y alumbrándose con las cerillas que había cogido del cuarto de estar, y se deslizó por la grieta del final con una ansiedad inexplicable para sí mismo. No sabía por qué razón se aproximó a la pared del fondo con tanta resolución, ni por qué sacó instintivamente la gran llave de plata.Pero siguió adelante; y cuando, aquella noche, regresó excitado a casa, no dio ninguna explicación por su tardanza, ni prestó la más mínima atención a la regañina que se ganó por haber ignorado totalmente la llamada de cuerno que anunciaba la comida de mediodía. Hoy coinciden todos los parientes lejanos de Randolph Carter en que, cuando éste tenía diez años, ocurrió algo que despertó su imaginación. Su primo Ernest B. Aspinwall, de Chicago, es diez años mayor que él, y recuerda muy bien el cambio operado en el muchacho después del otoño de 1883. Randolph había contemplado paisajes fantásticos, como nadie los ha contemplado en la vida; pero más extraños aún eran algunos de los poderes que mostró en relación con cosas muy reales. Parecía, en suma haber adquirido el don singular de la profecía, y a veces reaccionaba de un modo extraño ante cosas que, pese a carecer totalmente de importancia en aquel momento, justificaban más tarde sus singulares actitudes. En el curso de los decenios subsiguientes, a medida que se inscribían nuevos inventos, nuevos nombres y nuevos acontecimientos en el libro de la historia, la gente podía recordar sorprendida cómo Carter se había referido años antes a cosas que de algún modo, pero inequívocamente, se relacionaban con ellos. El mismo no comprendía sus propias palabras, ni sabía por qué ciertas cosas le producían determinada emoción, aunque suponía que ello era debido seguramente a algún sueño que a la sazón no lograba recordar. A principios de 1897, cuando cierto viajero mencionó el pueblo francés de Belloy-en-Santerre, se puso pálido, y sus amigos lo recordaron después porque, en 1916, durante la Guerra Mundial, recibió en ese pueblo una herida que estuvo a punto de costarle la vida. Los parientes de Carter hablan a menuda de todo esto, porque él ha desaparecido recientemente. Su viejo criado, el menudo Parks, que durante muchos años había soportado con paciencia sus extravagancias, fue el último que le vio aquella mañana en que cogió el coche y se fue con una llave que acababa de encontrar. Parks le había ayudado a sacar la llave del antiguo cofrecillo que la contenía, y se sentía singularmente impresionado por los grotescos relieves que adornaban dicha arqueta, y por alguna otra causa que no le era posible referir. Cuando Carter se marchó, dejó dicho que iba a los alrededores de Arkham a visitar la comarca de sus antepasados. A mitad de la cuesta del Monte del Olmo, por la carretera que va hacia las ruinas de la morada solariega de los Carter, encontraron el coche cuidadosamente aparcado en la cuneta. Dentro encontraron un cofrecillo de aromática madera, adornado con unos relieves que llenaron de pavor a los campesinos que dieron con el vehículo. Este cofrecillo contenía tan sólo un pergamino, cuyos caracteres no pudieron descifrar ni lingüistas ni paleógrafos. La lluvia había borrado las huellas de sus pasos, pero parece que la policía de Boston podría haber dicho mucho sobre el desorden que reinaba entre las vigas derrumbadas de la mansión de los Carter. Era, según dijeron, como si alguien hubiera andado revolviendo entre las ruinas recientemente. Encontraron, algo más allá, un pañuelo blanco de bolsillo entre las rocas del bosque, pero no pudieron demostrar que pertenecía al desaparecido.Entre los herederos de Randolph Carter se habla de repartir sus bienes, pero yo pienso oponerme firmemente a ello porque no creo que haya muerto. Existen repliegues en el tiempo y en el espacio, en la fantasía y en la realidad, que sólo un soñador puede adivinar; y, por lo que sé de Carter, creo que lo que ha sucedido es que ha descubierto un medio de atravesar estos nebulosos laberintos. Si volverá o no alguna vez, es cosa que no puedo afirmar. El buscaba las perdidas regiones de sus sueños y sentía nostalgia por los días de su niñez. Después encontró una llave, y me inclino a creer que logró utilizarla para sus extraños fines. Se lo preguntaré cuando le vea, porque espero encontrarlo en cierta ciudad soñada que ambos solíamos frecuentar. Se dice en Ulthar, comarca que se extiende al otro lado del río Skai, que un nuevo rey ocupa el trono de ópalo de Ilek-Vad; la ciudad fabulosa de infinitos torreones que se asienta en lo alto de los acantilados de cristal que dominan ese mar crepuscular donde los Gnorri, seres barbudos con aletas natatorias, construyen sus singulares laberintos; y creo que sé cómo interpretar este rumor. Ciertamente, espero con impaciencia el momento de contemplar esa gran llave de plata, porque en sus misteriosos arabescos pueden estar simbolizados todos los designios y secretos de un cosmos ciegamente impersonal.  Howard Phillips LovecraftTomado de www.cinefantastico.com  
23/01/2007 23:20 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

La llave de plata I

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Siguiendo con las aventuras onìricas de ese soñador impedernible de Randolph Carter, este me parece el relato mejor logrado de todos los que conforman esta saga de ensueño, ya que la bùsqueda de la ciudad perdida con sus batallas contra sapos de otro planeta y gatos guerreros nunca ha logrado convencerme del todo...Supongo que es  la vuelta en el tiempo, cuando randolph abre la puerta y sobrepasa el tiempo para encontrarse nuevamente con la infancia perdida...

Cuando Randolph Carter cumplió los treinta años, perdió la llave de la puerta de los sueños.Anteriormente había compaginado la insulsez de la vida cotidiana con excursiones nocturnas a extrañas y antiguas ciudades situadas más allá del espacio, y a hermosas e increíbles regiones de unas tierras a las que se llega cruzando mares etéreos. Pero al alcanzar la edad madura sintió que iba perdiendo poco a poco esta capacidad de evasión, hasta que finalmente le desapareció por completo. Ya no pudieron hacerse a la mar sus galeras para remontar el río Oukranos, hasta más allá de las doradas agujas de campanario de Thran, ni vagar sus caravanas de elefantes a través de las fragantes selvas de Kled, donde duermen bajo la luna, hermosos e inalterables, unos palacios de veteadas columnas de marfil. Había leído mucho acerca de cosas reales, y había hablado con demasiada gente. Los filósofos, con su mejor intención, le habían enseñado a mirar las cosas en sus mutuas relaciones lógicas, y a analizar los procesos que originaban sus pensamientos y sus desvaríos. Había desaparecido el encanto, y había olvidado que toda la vida no es más que un conjunto de imágenes existentes en nuestro cerebro, sin que se dé diferencia alguna entre las que nacen de las cosas reales y las engendradas por sueños que sólo tienen lugar en la intimidad, ni ningún motivo para considerar las unas por encima de las otras. La costumbre le había atiborrado los oídos con un respeto supersticioso por todo lo que es tangible y existe físicamente. Los sabios le habían dicho que sus ingenuas figuraciones eran insulsas y pueriles, y más absurdas aún, puesto que los soñadores se empeñan en considerarlas llenas de sentido e intención, mientras el ciego universo va dando vueltas sin objeto, de la nada a las cosas, y de las cosas a la nada otra vez, sin preocuparse ni interesarse por la existencia ni por las súplicas de unos espíritus fugaces que brillan y se consumen como una chispa efímera en la oscuridad. Le habían encadenado a las cosas de la realidad, y luego le habían explicado el funcionamiento de esas cosas, hasta que todo misterio hubo desaparecido del mundo. Cuando se lamentó y sintió deseos imperiosos de huir a las regiones crepusculares donde la magia moldeaba hasta los más pequeños detalles de la vida, y convertía sus meras asociaciones mentales en paisaje de asombrosa e inextinguible delicia, le encauzaron en cambio hacia los últimos prodigios de la ciencia, invitándole a descubrir lo maravilloso en los vórtices del átomo y el misterio en las dimensiones del cielo. Y cuando hubo fracasado, y no encontró lo que buscaba en un terreno donde todo era conocido y susceptible de medida según leyes concretas, le dijeron que le faltaba imaginación y que no estaba maduro todavía, ya que prefería la ilusión de los sueños al mundo de nuestra creación física. De este modo, Carter había intentado hacer lo que los demás, esforzándose por convencerse de que los sucesos y las emociones de la vida ordinaria eran más importantes que las fantasías de los espíritus más exquisitos y delicados. Admitió, cuando se lo dijeron, que el dolor animal de un cerdo apaleado, o de un labrador dispéptico de la vida real, es más importante que la incomparable belleza de Narath, la ciudad de las cien puertas labradas, con sus cúpulas de calcedonia, que él recordaba confusamente de sus sueños; y bajo la dirección de tan sabios caballeros fomentó laboriosamente su sentido de la compasión y de la tragedia.De cuando en cuando, no obstante, le resultaba inevitable considerar cuán triviales, veleidosas y carentes de sentido eran todas las aspiraciones humanas, y cuán contradictoriamente contrastaban los impulsos de nuestra vida real con los pomposos ideales que aquellos dignos señores proclamaban defender. Otras veces miraba con ironía los principios con los cuales le habían enseñado a combatir la extravagancia y artificiosidad de los sueños; porque él veía que la vida diaria de nuestro mundo es en todo igual de extravagante y artificiosa, y muchísimo menos valiosa a este respecto, debido a su escasa belleza y a su estúpida obstinación en no querer admitir su propia falta de razones y propósitos. De este modo, se fue convirtiendo en una especie de amargo humorista, sin darse cuenta de que incluso el humor carece de sentido en un universo estúpido y privado de cualquier tipo de autenticidad. En los primeros días de esta servidumbre, se refugió en la fe mansa y santurrona que sus padres le habían inculcado con ingenua confianza, ya que le pareció que de ella nacían místicos senderos que le ofrecían alguna posibilidad de evadirse de esta vida. Sólo una observación más cuidadosa le hizo comprender la falta de fantasía y de belleza, la rancia y prosaica vulgaridad, la gravedad de lechuza y las grotescas pretensiones de inquebrantable fe que reinaban de manera aplastante y opresiva entre la mayor parte de quienes la profesaban; o le hizo sentir plenamente la torpeza con que trataban de mantenerla viva, como si aún fuera el intento de una raza primordial por combatir los terrores de lo desconocido.A Carter le aburría la solemnidad con que la gente trataba de interpretar la realidad terrenal a partir de viejos mitos, que a cada paso eran refutados por su propia ciencia jactanciosa. Y esta seriedad inoportuna y fuera de lugar mató el interés que podía haber sentido por las antiguas creencias, de haberse limitado a ofrecer ritos sonoros y expansiones emocionales con su auténtico significado de pura fantasía. Pero cuando comenzó a estudiar a los filósofos que habían derribado los viejos mitos, los encontró aún más detestables que quienes los habían respetado. No sabían esos filósofos que la belleza estriba en la armonía, y que el encanto de la vida no obedece a regla alguna en este cosmos sin objeto, sino únicamente a su consonancia con los sueños y los sentimientos que han modelado ciegamente nuestras pequeñas esferas a partir del caos. No veían que el bien y el mal, y la felicidad y la belleza, son únicamente productos ornamentales de nuestro punto de vista, que su único valor reside en su relación con lo que por azar pensaron y sintieron nuestros padres; y que sus características, aun las más sutiles, son diferentes en cada raza y en cada cultura. En cambio, negaban todas estas cosas rotundamente, o las explicaban mediante los instintos vagos y primitivos que todos compartimos con las bestias y los patanes; de este modo, sus vidas se arrastraban penosamente por el dolor, la fealdad y el desequilibrio; aunque, eso sí, henchidas del ridículo orgullo de haber escapado de un mundo que en realidad no era menos sólido que el que ahora les sostenía. Lo único que habían hecho era cambiar los falsos dioses del temor y de la fe ciega por los de la licencia y de la anarquía. Carter apenas gozaba de estas modernas libertades, porque resultaban mezquinas e inmundas a su espíritu amante de la belleza única; por otra parte, su razón se rebelaba contra la lógica endeble mediante la cual sus paladines pretendían adornar los brutales impulsos humanos con la santidad arrebatada a los ídolos que acababan de deponer. Veía que la mayor parte de la gente, como el mismo clero desacreditado, seguía sin poder sustraerse a la ilusión de que la vida tiene un sentido distinto del que los hombres le atribuyen, ni establecer una diferencia entre las nociones de ética y belleza, aun cuando, según sus descubrimientos científicos, toda la naturaleza proclama a los cuatro vientos su irracionalidad y su impersonal amoralidad. Predispuestos y fanáticos por las ilusiones preconcebidas de justicia, libertad y conformismo, habían arrumbado el antiguo saber, las antiguas vías y las antiguas creencias; y jamás se habían parado a pensar que ese saber y esas vías seguían siendo la única base de los pensamientos y de los criterios actuales, los únicos guías y las únicas normas de un universo carente de sentido, de objetivos estables y de hitos fijos. Una vez perdidos estos marcos artificiales de referencia, sus vidas quedaron privadas de dirección y de interés, hasta que finalmente tuvieron que ahogar el tedio en el bullicio y en la pretendida utilidad de las prisas, en el aturdimiento y en la excitación, en bárbaras expansiones y en placeres bestiales. Y cuando se hallaron hartos de todo esto, o decepcionados, o la náusea les hizo reaccionar, entonces se entregaron a la ironía y a la mordacidad, y echaron la culpa de todo al orden social. Jamás lograron darse cuenta de que sus principios eran tan inestables y contradictorios como los dioses de sus mayores, ni de que la satisfacción de un momento es la ruina del siguiente.La belleza serena y duradera sólo se halla en los sueños; pero este consuelo ha sido rechazado por el mundo cuando, en su adoración de lo real. arrojó de sí los secretos de la infancia. En medio de este caos de falsedades e inquietudes, Carter intentó vivir como correspondía a un hombre digno, de sentido común y buena familia. Cuando sus sueños fueron palideciendo por la edad y su sentido del ridículo, no los pudo sustituir por ninguna creencia; pero su amor por la armonía le impidió apartarse de los senderos propios de su raza y condición. Caminaba impasible por las ciudades de los hombres, y suspiraba porque ningún escenario le parecía enteramente real, porque cada vez que veía los rojos destellos del sol reflejados en los altos tejados, o las primeras luces del anochecer en las plazoletas solitarias, recordaba los sueños que había vivido de niño, y añoraba los países etéreos que ya no podía encontrar. Viajar era sólo una burla; ni siquiera la Guerra Mundial le conmovió gran cosa, aunque participó en ella desde el principio en la Legión Extranjera de Francia. Durante cierto tiempo trató de buscar amigos, pero no tardó en darse cuenta de que todos ellos eran groseros, banales y monótonos, y demasiado apegados a las cosas terrenales. Se alegraba vagamente de no tener trato con sus familiares, porque ninguno le habría sabido comprender, excepto, quizá, su abuelo y su tío abuelo Christopher; pero hacía tiempo que ambos habían muerto. Entonces comenzó a escribir libros de nuevo, cosa que no hacía desde que los sueños le habían abandonado. Pero tampoco encontró en ello ninguna satisfacción ni desahogo, porque aún sus pensamientos eran demasiado mundanos, y no podía pensar en cosas hermosas, como antes. Los destellos de humor irónico echaban abajo los alminares fantasmales que su imaginación erigía, y su terrenal aversión por todo lo inverosímil marchitaba las flores más delicadas y fascinantes de sus maravillosos jardines.La religiosidad convencional que adjudicaba a sus personajes los impregnaba de un sentimentalismo empalagoso, en tanto que el mito del realismo y de la necesidad de pintar acontecimientos y emociones vulgarmente humanos, degradaban toda su elevada fantasía, convirtiéndola en un fárrago de alegorías mal disimuladas y superficiales sátiras de la sociedad. Así, sus nuevas novelas alcanzaron un éxito que jamás habían conocido las de antes; pero al comprender cuán insulsas debían ser para agradar a la vana muchedumbre, las quemó todas y dejó de escribir. Eran unas novelas triviales y elegantes, en las que se sonreía educadamente de los propios sueños que apenas si describía por encima; pero se dio cuenta de que eran artificiosas y falsas, y carecían de vida. Después de estos intentos se dedicó a cultivar el ensueño deliberado, y ahondó en el terreno de lo grotesco y de lo excéntrico, como buscando un antídoto contra los anteriores lugares comunes. Estos campos no tardaron, sin embargo, en poner de manifiesto su pobreza y su esterilidad; y pronto se dio cuenta de que las habituales creencias ocultistas son tan escasas e inflexibles como las científicas, aunque desprovistas de toda verosimilitud. La estupidez grosera, la superchería y la incoherencia de las ideas no son sueños, ni ofrecen a un espíritu superior ninguna posibilidad de evadirse de la vida real. Así, pues, Carter compró libros aun más extraños, y buscó escritores más profundos y terribles, de fantástica erudición; se sumergió en los arcanos menos estudiados de la conciencia, ahondó en los profundos secretos de la vida, de la leyenda y de la remota antigüedad, y aprendió cosas que le dejaron marcado para siempre. Decidió vivir a su modo y amuebló su casa de Boston de forma que pudiera armonizar con sus cambios de humor. Consagró una habitación a cada uno de ellos, y las pintó con los colores adecuados, disponiendo en ellas los libros convenientes y dotándolas de objetos y aparatos que le proporcionasen las sensaciones requeridas en cuanto a luz, calor, sonidos, sabores y aromas.

Una vez oyó hablar de un hombre al cual, allá en el Sur, le rehuían y le temían todos por las cosas blasfemas que leía en arcaicos libros y en tabletas de arcilla que había conseguido traer clandestinamente de la India y de Arabia. Y fue a visitarlo, y vivió con él, y compartió sus estudios durante siete años, basta que una noche les sorprendió el horror en un viejo cementerio desconocido, del que, de los dos que habían entrado, sólo uno regresó. Entonces volvió a Arkham, la ciudad terrible y embrujada de Nueva Inglaterra, donde habían vivido sus antepasados, y allí hizo experiencias en la oscuridad, entre sauces venerables y ruinosos tejados, que le hicieron sellar para siempre ciertas páginas del diario de uno de sus predecesores, de una mentalidad excepcionalmente tenebrosa. Pero estos horrores sólo le llevaron hasta los límites de la realidad; y no pudiendo traspasarlos, no llegó a la auténtica región de los sueños por la que él había vagado durante su juventud.

H. P. Lovecraft

   
23/01/2007 23:17 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

09/01/2007

La confesiòn de Randolph Carter

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Uno de los primeros cuentos de Lovecraft  que leì, La declaraciòn de Randolph Carter contiene, a mi parecer, todas las obsesiones de Howard Phillips, ademàs de introducir a uno de los personajes màs onìricos de toda su obra...

En  esta versiòn tomada de Ciudad Seva, el tìtulo cambia a La decisiòn de Randolph Carter. Yo prefiero conservar el tìtulo con que lo leì por primera vez...

Les repito que no sé qué ha sido de Harley Warren, aunque pienso -y casi espero- que ya disfruta de la paz del olvido, si es que semejante bendición existe en alguna parte. Es cierto que durante cinco años fui su más íntimo amigo, y que he compartido parcialmente sus terribles investigaciones sobre lo desconocido. No negaré, aunque mis recuerdos son inciertos y confusos, que este testigo de ustedes pueda habernos visto juntos como dice, a las once y media de aquella terrible noche, por la carretera de Gainsville, camino del pantano del Gran Ciprés. Incluso puedo afirmar que llevábamos linternas y palas, y un curioso rollo de cable unido a ciertos instrumentos, pues todas estas cosas han desempeñado un papel en esa única y espantosa escena que permanece grabada en mi trastornada memoria. Pero debo insistir en que, de lo que sucedió después, y de la razón por la cual me encontraron solo y aturdido a la orilla del pantano a la mañana siguiente, no sé más que lo que he repetido una y otra vez. Ustedes me dicen que no hay nada en el pantano ni en sus alrededores que hubiera podido servir de escenario de aquel terrible episodio. Y yo respondo que no sé más de lo que vi. Ya fuera visión o pesadilla -deseo fervientemente que así haya sido-, es todo cuanto puedo recordar de aquellas horribles horas que viví, después de haber dejado atrás el mundo de los hombres. Pero por qué no regresó Harley Warren es cosa que sólo él, o su sombra -o alguna innombrable criatura que no me es posible describir-, podrían contar. Como he dicho antes, yo estaba bien enterado de los sobrenaturales estudios de Harley Warren, y hasta cierto punto participé en ellos. De su inmensa colección de libros extraños sobre temas prohibidos, he leído todos aquellos que están escritos en las lenguas que yo domino; pero son pocos en comparación con los que están en lenguas que desconozco. Me parece que la mayoría están en árabe; y el infernal libro que provocó el desenlace -volumen que él se llevó consigo fuera de este mundo-, estaba escrito en caracteres que jamás he visto en ninguna otra parte. Warren no me dijo jamás de qué se trataba exactamente. En cuanto a la naturaleza de nuestros estudios, ¿debo decir nuevamente que ya no recuerdo nada con certeza? Y me parece misericordioso que así sea, porque se trataba de estudios terribles, a los que yo me dedicaba más por morbosa fascinación que por una inclinación real. Warren me dominó siempre, y a veces le temía. Recuerdo cómo me estremecí la noche anterior a que sucediera aquello, al contemplar la expresión de su rostro mientras me explicaba con todo detalle por qué, según su teoría, ciertos cadáveres no se corrompen jamás, sino que se conservan carnosos y frescos en sus tumbas durante mil años. Pero ahora ya no le tengo miedo a Warren, pues sospecho que ha conocido horrores que superan mi entendimiento. Ahora temo por él. Confieso una vez más que no tengo una idea clara de cuál era nuestro propósito aquella noche. Desde luego, se trataba de algo relacionado con el libro que Warren llevaba consigo -con ese libro antiguo, de caracteres indescifrables, que se había traído de la India un mes antes-; pero juro que no sé qué es lo que esperábamos encontrar. El testigo de ustedes dice que nos vio a las once y media en la carretera de Gainsville, de camino al pantano del Gran Ciprés. Probablemente es cierto, pero yo no lo recuerdo con precisión. Solamente se ha quedado grabada en mi alma una escena, y puede que ocurriese mucho después de la medianoche, pues recuerdo una opaca luna creciente ya muy alta en el cielo vaporoso. Ocurrió en un cementerio antiguo; tan antiguo que me estremecí ante los innumerables vestigios de edades olvidadas. Se hallaba en una hondonada húmeda y profunda, cubierta de espesa maleza, musgo y yerbas extrañas de tallo rastrero, en donde se sentía un vago hedor que mi ociosa imaginación asoció absurdamente con rocas corrompidas. Por todas partes se veían signos de abandono y decrepitud. Me sentía perturbado por la impresión de que Warren y yo éramos los primeros seres vivos que interrumpíamos un letal silencio de siglos. Por encima de la orilla del valle, una luna creciente asomó entre fétidos vapores que parecían emanar de ignoradas catacumbas; y bajo sus rayos trémulos y tenues puede distinguir un repulsivo panorama de antiguas lápidas, urnas, cenotafios y fachadas de mausoleos, todo convertido en escombros musgosos y ennegrecido por la humedad, y parcialmente oculto en la densa exuberancia de una vegetación malsana. La primera impresión vívida que tuve de mi propia presencia en esta terrible necrópolis fue el momento en que me detuve con Warren ante un sepulcro semidestruido y dejamos caer unos bultos que al parecer habíamos llevado. Entonces me di cuenta de que tenía conmigo una linterna eléctrica y dos palas, mientras que mi compañero llevaba otra linterna y un teléfono portátil. No pronunciamos una sola palabra, ya que parecíamos conocer el lugar y nuestra misión allí; y, sin demora, tomamos nuestras palas y comenzamos a quitar el pasto, las yerbas, matojos y tierra de aquella morgue plana y arcaica. Después de descubrir enteramente su superficie, que consistía en tres inmensas losas de granito, retrocedimos unos pasos para examinar la sepulcral escena. Warren pareció hacer ciertos cálculos mentales. Luego regresó al sepulcro, y empleando su pala como palanca, trató de levantar la losa inmediata a unas ruinas de piedra que probablemente fueron un monumento. No lo consiguió, y me hizo una seña para que lo ayudara. Finalmente, nuestra fuerza combinada aflojó la piedra y la levantamos hacia un lado. La losa levantada reveló una negra abertura, de la cual brotó un tufo de gases miasmáticos tan nauseabundo que retrocedimos horrorizados. Sin embargo, poco después nos acercamos de nuevo al pozo, y encontramos que las exhalaciones eran menos insoportables. Nuestras linternas revelaron el arranque de una escalera de piedra, sobre la cual goteaba una sustancia inmunda nacida de las entrañas de la tierra, y cuyos húmedos muros estaban incrustados de salitre. Y ahora me vienen por primera vez a la memoria las palabras que Warren me dirigió con su melodiosa voz de tenor; una voz singularmente tranquila para el pavoroso escenario que nos rodeaba: -Siento tener que pedirte que aguardes en el exterior -dijo-, pero sería un crimen permitir que baje a este lugar una persona de tan frágiles nervios como tú. No puedes imaginarte, ni siquiera por lo que has leído y por lo que te he contado, las cosas que voy a tener que ver y hacer. Es un trabajo diabólico, Carter, y dudo que nadie que no tenga una voluntad de acero pueda pasar por él y regresar después a la superficie vivo y en su sano juicio. No quiero ofenderte, y bien sabe el cielo que me gustaría tenerte conmigo; pero, en cierto sentido, la responsabilidad es mía, y no podría llevar a un manojo de nervios como tú a una muerte probable, o a la locura. ¡Ya te digo que no te puedes imaginar cómo son realmente estas cosas! Pero te doy mi palabra de mantenerte informado, por teléfono, de cada uno de mis movimientos. ¡Tengo aquí cable suficiente para llegar al centro de la tierra y volver! Aún resuenan en mi memoria aquellas serenas palabras, y todavía puedo recordar mis objeciones. Parecía yo desesperadamente ansioso de acompañar a mi amigo a aquellas profundidades sepulcrales, pero él se mantuvo inflexible. Incluso amenazó con abandonar la expedición si yo seguía insistiendo, amenaza que resultó eficaz, pues sólo él poseía la clave del asunto. Recuerdo aún todo esto, aunque ya no sé qué buscábamos. Después de haber conseguido mi reacia aceptación de sus propósitos, Warren levantó el carrete de cable y ajustó los aparatos. A una señal suya, tomé uno de éstos y me senté sobre la lápida añosa y descolorida que había junto a la abertura recién descubierta. Luego me estrechó la mano, se cargó el rollo de cable y desapareció en el interior de aquel indescriptible osario. Durante un minuto seguí viendo el brillo de su linterna y oyendo el crujido del cable a medida que lo iba soltando; pero la luz desapareció abruptamente, como si mi compañero hubiera doblado un recodo de la escalera, y el crujido dejó de oírse también casi al mismo tiempo. Me quedé solo; pero estaba en comunicación con las desconocidas profundidades por medio de aquellos hilos mágicos cuya superficie aislante aparecía verdosa bajo la pálida luna creciente. Consulté constantemente mi reloj a la luz de la linterna eléctrica, y escuché con febril ansiedad por el receptor del teléfono, pero no logré oír nada por más de un cuarto de hora. Luego sonó un chasquido en el aparato, y llamé a mi amigo con voz tensa. A pesar de lo aprehensivo que era, no estaba preparado para escuchar las palabras que me llegaron de aquella misteriosa bóveda, pronunciadas con la voz más desgarrada y temblorosa que le oyera a Harley Warren. Él, que con tanta serenidad me había abandonado poco antes, me hablaba ahora desde abajo con un murmullo trémulo, más siniestro que el más estridente alarido: -¡Dios! ¡Si pudieras ver lo que veo yo! No pude contestar. Enmudecido, sólo me quedaba esperar. Luego volví a oír sus frenéticas palabras: -¡Carter, es terrible..., monstruoso..., increíble! Esta vez no me falló la voz, y derramé por el transmisor un aluvión de excitadas preguntas. Aterrado, seguí repitiendo: -¡Warren! ¿Qué es? ¿Qué es? De nuevo me llegó la voz de mi amigo, ronca por el miedo, teñida ahora de desesperación: -¡No te lo puedo decir, Carter! Es algo que no se puede imaginar... No me atrevo a decírtelo... Ningún hombre podría conocerlo y seguir vivo... ¡Dios mío! ¡Jamás imaginé algo así! Otra vez se hizo el silencio, interrumpido por mi torrente de temblorosas preguntas. Después se oyó la voz de Warren, en un tono de salvaje terror: -¡Carter, por el amor de Dios, vuelve a colocar la losa y márchate de aquí, si puedes!... ¡Rápido! Déjalo todo y vete... ¡Es tu única oportunidad! ¡Hazlo y no me preguntes más! Lo oí, pero sólo fui capaz de repetir mis frenéticas preguntas. Estaba rodeado de tumbas, de oscuridad y de sombras; y abajo se ocultaba una amenaza superior a los límites de la imaginación humana. Pero mi amigo se hallaba en mayor peligro que yo, y en medio de mi terror, sentí un vago rencor de que pudiera considerarme capaz de abandonarlo en tales circunstancias. Más chasquidos y, después de una pausa, se oyó un grito lastimero de Warren: -¡Esfúmate! ¡Por el amor de Dios, pon la losa y esfúmate, Carter! Aquella jerga infantil que acababa de emplear mi horrorizado compañero me devolvió mis facultades. Tomé una determinación y le grité: -¡Warren, ánimo! ¡Voy para abajo! Pero, a este ofrecimiento, el tono de mi interlocutor cambió a un grito de total desesperación: -¡No! ¡No puedes entenderlo! Es demasiado tarde... y la culpa es mía. Pon la losa y corre... ¡Ni tú ni nadie puede hacer nada ya! El tono de su voz cambió de nuevo; había adquirido un matiz más suave, como de una desesperanzada resignación. Sin embargo, permanecía en él una tensa ansiedad por mí. -¡Rápido..., antes de que sea demasiado tarde! Traté de no hacerle caso; intenté vencer la parálisis que me retenía y cumplir con mi palabra de correr en su ayuda, pero lo que murmuró a continuación me encontró aún inerte, encadenado por mi absoluto horror. -¡Carter..., apúrate! Es inútil..., debes irte..., mejor uno solo que los dos... la losa... Una pausa, otro chasquido y luego la débil voz de Warren: -Ya casi ha terminado todo... No me hagas esto más difícil todavía... Cubre esa escalera maldita y salva tu vida... Estás perdiendo tiempo... Adiós, Carter..., nunca te volveré a ver. Aquí, el susurro de Warren se dilató en un grito; un grito que se fue convirtiendo gradualmente en un alarido preñado del horror de todos los tiempos... -¡Malditas sean estas criaturas infernales..., son legiones! ¡Dios mío! ¡Esfúmate! ¡¡Vete!! ¡¡¡Vete!!! Después, el silencio. No sé durante cuánto tiempo permanecí allí, estupefacto, murmurando, susurrando, gritando en el teléfono. Una y otra vez, por todos esos eones, susurré y murmuré, llamé, grité, chillé: -¡Warren! ¡Warren! Contéstame, ¿estás ahí? Y entonces llegó hasta mí el mayor de todos los horrores, lo increíble, lo impensable y casi inmencionable. He dicho que me habían parecido eones el tiempo transcurrido desde que oyera por última vez la desgarrada advertencia de Warren, y que sólo mis propios gritos rompían ahora el terrible silencio. Pero al cabo de un rato, sonó otro chasquido en el receptor, y agucé mis oídos para escuchar. Llamé de nuevo: -¡Warren!, ¿estás ahí? Y en respuesta, oí lo que ha provocado estas tinieblas en mi mente. No intentaré, caballeros, dar razón de aquella cosa -aquella voz-, ni me aventuraré a describirla con detalle, pues las primeras palabras me dejaron sin conocimiento y provocaron una laguna en mi memoria que duró hasta el momento en que desperté en el hospital. ¿Diré que la voz era profunda, hueca, gelatinosa, lejana, ultraterrena, inhumana, espectral? ¿Qué debo decir? Esto fue el final de mi experiencia, y aquí termina mi relato. Oí la voz, y no supe más... La oí allí, sentado, petrificado en aquel desconocido cementerio de la hondonada, entre los escombros de las lápidas y tumbas desmoronadas, la vegetación putrefacta y los vapores corrompidos. Escuché claramente la voz que brotó de las recónditas profundidades de aquel abominable sepulcro abierto, mientras a mi alrededor miraba las sombras amorfas necrófagas, bajo una maldita luna menguante. Y esto fue lo que dijo:

-¡Tonto, Warren ya está MUERTO!

Howard Phillips Lovecraft

 Tomado de www.ciudadseva.com

Tomado

09/01/2007 22:04 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

12/12/2006

la ciudad

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Fue en ese momento,(...) que Halloway se topò con el primero de los extraños monumentos que luego encontrarìa por toda la ciudad. Al bajar por la salida de peatones descubriò que la habìan utilizado como basurero munincipal un parque de stacionamiento cercano. Habìa desparramados por todas partes neumàticos viejos, desperdicios industriales y aparatos domèsticos, abandonados en un oxidado montòn. Levantàndose en el centro habìa una piràmide de televisores de unos veinte metros de altura, construida con considerable cuidado y con un avanzado sentido de la geometrìa. Los cerca de mil televisores estaban alineados uno contra otro, con las pantallas mirando hacia afuera; la combinaciòn de diferentes modelos formaban dibujos decorativos en los bordes escalonados. La totalidad de la estructura, de la base al àpice, estaba invadida por saùcos, musgos y rosales y las  nubes de bayas formaban una enorme cascada.

Halloway mirò las hileras de televisores, una piràmide de ojos muertos dentro de cajas carcomidas, como huevos de algùn voraz reptil que esperaba nacer de los suaves globos empotrados en esa matriz de materia orgànica en descomposiciòn. Abiertos por los saùcos, muchos de los aparatos mostraban su instalaciòn elèctrica interior. Los circuitos verdes y amarillos, los condensadores y los moduladores, se mesclaban con las brillantes bayas de los rosales, ordenes rivales de caprichosa naturaleza que volvìan a mezclarse despuès de millones de años de evoluciòn separada...

La ciudad ùltima.

J. G. Ballard.

12/12/2006 00:00 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

04/12/2006

Dràcula

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Su nariz aquilina le daba decididamente un perfil de aguila; tenìa la frente alta y abombada, y el pelo ralo en las sienes, pero abundante en el resto de la cabeza; las espesas cejas se juntaban casi encima de la nariz, y sus pelos daban la impresiòn de enmarcarla, tan largos y espesos eran. La boca, o al menos  lo que de la misma percibì bajo su enorme bigote, tenìa una expresiòn cruel, y los dientes, relucientes de blancura, eran extraordinariamente puntiagudos...

Dràcula

Bram Stoker.

04/12/2006 00:12 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

30/11/2006

El conde Dràcula

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 Ante mì se hallaba un caballeroanciano, recièn afeitado, excepto su bigote blanquecino, ataviado de negro de pies a cabeza, sin la menor sombra de color en parte alguna. Sostenìa en su mano una làmpara antigua de plata, cuya llama ardìa sin ninguna pantalla protectora de vidrio, vacilando bajo la corriente de aire y proyectando unas sombras alargadas y oascilantes a su alrededor.

(...)

-Sea bienvenido a mi morada! ¡Entre en el castillo por su propia voluntad!

No avanzò hacia mì sino que permaneciò màs allà del umbral, semejante a una estatua, como si el primer gesto que hizo para saludarme le hubiera petrificado.

Sin embargo, apenas hube franqueado el umbral, vino hacia mì, precipitandose casi ami encuentro, y con su mano tendida asiò la mìa con una fuerza tal que me estremecì de dolor...tanto mas cuanto que aquella mano tan poderosa estaba helada como la nieve, semejando màs la mano de un muerto que la de un vivo.

-Sea bienvenido a mi morada!-repitiò-.Entre por su propia voluntad, entre sin temor y deje aquì parte de la felicidad que lleva consigo.

-¿el conde Dràcula?-preguntè para asegurarme.

(...)

-Sì, soy el conde Dràcula...

30/11/2006 00:07 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

24/11/2006

El diccionario del diablo

20061124004424-diablo.jpgAire: Sustancia nutritiva con que la generosa Providencia engorda a los pobres. Caníbal: Gastrónomo de la vieja escuela, que conserva los gustos simples y la dieta natural de la época pre-porcina.Fe: Creencia sin pruebas en lo que alguien nos dice sin fundamento sobre cosas sin paralelo. Ladrón: Comerciante candorosoAmbroise Bierce Tomado de Antropofagos y vegetarianos, diario sin rumbo en  www.geocities.com/SoHo/Coffehouse/6522/julio.html
24/11/2006 00:44 Autor: barak-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu No hay comentarios. Comentar.

17/11/2006

Amor a la vida

20061117004038-lobos.jpg Sólo esto, de todo, quedará.
Arrojaron los dados, y vivieron.
Parte de lo que juegan, ganarán
Pero el oro del dado lo perdieron.
 Los dos hombres descendían el repecho de la ribera del río cojeando penosamente, y en una ocasión el que iba a la cabeza se tambaleó sobre las abruptas rocas. Estaban débiles y fatigados y en su rostro se leía la paciencia que nace de una larga serie de penalidades. Iban cargados con pesados fardos de mantas atados con correajes a los hombros y que contribuían a sostener las tiras de cuero que les atravesaban la frente. Los dos llevaban rifle. Caminaban encorvados, con los hombros hacia delante, la cabeza más destacada todavía, y la vista clavada en el suelo.-Ojalá tuviéramos aquí dos de esos cartuchos que hay en el escondrijo -dijo el segundo.Hablaba con voz monótona y totalmente carente de expresión. Su tono no revelaba el menor entusiasmo y el que abría la marcha, cojeando y chapoteando en la corriente lechosa que espumeaba sobre las rocas, no se dignó responder. El otro lo seguía pegado a sus talones. No se detuvieron a quitarse los mocasines ni los calcetines, aunque el agua estaba tan fría como el hielo, tan fría que lastimaba los tobillos y entumecía los pies. En algunos lugares batía con fuerza contra sus rodillas y les hacía tambalearse hasta que conseguían recuperar el equilibrio.El que marchaba en segundo lugar resbaló sobre una piedra pulida y estuvo a punto de caer, pero logró evitarlo con un violento esfuerzo, mientras profería una aguda exclamación de dolor. Se le veía cansado y mareado, y mientras se tambaleaba extendió la mano que tenía libre en el vacío como buscando apoyo en el aire. Cuando se enderezó dio un paso al frente, pero resbaló de nuevo y casi cayó al suelo. Luego se quedó inmóvil, y miró a su compañero, que ni siquiera había vuelto la cabeza. Permaneció clavado en el suelo un minuto entero, como debatiéndose consigo mismo. Luego gritó:-¡Bill, me he dislocado el tobillo!Bill continuó avanzando a trompicones en el agua lechosa. No se volvió. El hombre lo vio alejarse con su habitual carencia de expresión, pero su mirada era la de un ciervo herido.Su compañero ascendió cojeando la ribera opuesta del río y siguió su camino sin mirar atrás. El hombre lo contemplaba con los pies hundidos en la corriente. Sus labios y el tupido bigote castaño que los cubría temblaban visiblemente. Se humedeció los labios con la lengua.-¡Bill! -llamó.Era aquella la súplica de un hombre fuerte en peligro, pero Bill no se volvió. Su compañero lo vio alejarse cojeando grotescamente y subiendo con paso inseguro la suave pendiente que ascendía hacia el horizonte que formaba el perfil de una pequeña colina. Lo vio alejarse hasta que atravesó la cima y desapareció. Luego volvió la vista y miró lentamente en torno suyo al círculo de mundo que, al haberse ido Bill, era exclusivamente suyo.Cerca del horizonte el sol ardía débilmente, casi oscurecido por la neblina y los vapores informes que daban la impresión de una densidad y una masa sin perfil ni tangibilidad. El hombre descansó el peso de su cuerpo sobre una sola pierna y sacó su reloj. Eran las cuatro en punto y por ser aquellos días los últimos de julio o los primeros de agosto (no sabía con exactitud qué fecha era, pero podía calcularla dentro de un margen de error de unas dos semanas), el sol tenía que apuntar más o menos hacia el noroeste. Miró hacia el sur. Sabía que en algún lugar, a espaldas de aquellas colinas desoladas, se hallaba el Lago del Gran Oso; sabía también que en esa dirección el Círculo Polar Ártico trazaba su temible camino entre los yermos canadienses. El riachuelo en que se hallaba era un afluente del Río de la Mina de Cobre que a su vez fluía hacia el norte e iba a desembocar en el Golfo de la Coronación y en el Océano Ártico. No conocía aquellos lugares, pero los había visto marcados una vez en una carta de navegación de la Compañía de la Bahía de Hudson.De nuevo recorrió con la mirada el circulo de mundo que tenía en torno a él. No era un espectáculo alentador. Por todas partes lo rodeaba un horizonte blando y suavemente curvado. Las colinas eran bajas. No había ni árboles, ni arbustos, ni hierba... nada sino una desolación tremenda y aterradora que atrajo inmediatamente el miedo a sus ojos.-¡Bill! -susurró una y dos veces- ¡Bill!Se agazapó en medio del agua lechosa como si la vastedad del paisaje ejerciera sobre él una fuerza avasalladora y lo aplastara brutalmente, consciente del horror que provocaba. Comenzó a temblar como un palúdico, hasta que la escopeta se le deslizó de entre las manos y cayó al agua salpicándolo. Aquello lo despertó. Luchó con el miedo, se dominó, y buscó a tientas bajo el agua hasta recuperar el arma. Corrió un poco el fardo hacia el hombro izquierdo, con el fin de liberar del peso a su tobillo dislocado. Luego, encogiéndose de dolor, avanzó lenta y cautelosamente hasta la orilla.No se detuvo. Con una desesperación que rayaba en la locura, sin hacer caso del dolor, subió presuroso la pendiente hasta alcanzar la cima de la colina tras de la cual había desaparecido su compañero. Sólo que su andar era aún más grotesco y cómico que la cojera vacilante del que lo había precedido. Al llegar a la cresta, lo que se ofreció a su vista fue un valle somero totalmente desprovisto de vida. Luchó de nuevo contra el miedo, lo dominó, corrió el fardo aún más hacia el hombro izquierdo y bajó a trompicones la pendiente.El fondo del valle estaba encharcado de un agua que el espeso musgo mantenía, a modo de esponja, sobre la superficie. Con cada paso saltaban pequeños chorros, y cada vez que levantaba un pie la acción culminaba en sonido de succión, como si el musgo se resistiera a soltar su presa. Avanzó de pantano en pantano, siguiendo las huellas de su compañero a lo largo y a través de las abruptas hileras de rocas que emergían como islotes en un mar de musgo.Aunque estaba solo no estaba perdido. Sabía que más adelante llegaría allí donde unos cuantos abetos y unos pinos pequeños y marchitos bordeaban la orilla de una laguna, el lugar que los indígenas llamaban el titchinnichilie o «tierra de los palitos». Y en aquella laguna desembocaba un riachuelo de agua clara. En las riberas del riachuelo (lo recordaba bien), había juncos pero no árboles. Lo seguiría hasta ver brotar el primer hilillo de agua en una divisoria de cuencas, atravesaría esa divisoria hasta dar con el primer hilillo de agua de otra corriente que fluía hacia el oeste, y seguiría ésta hasta su desembocadura en el río Dease. Allí tenían él y su compañero provisiones y vituallas ocultas bajo una canoa invertida y cubierta de piedras. En aquel escondrijo hallaría munición para su escopeta vacía, anzuelos y cañas, una pequeña red..., todo lo necesario para poder cazar y conseguir alimento. También allí encontraría harina (no mucha), un pedazo de tocineta y frijoles.Bill estaría esperándolo y juntos remarían Dease abajo basta llegar al Lago del Gran Oso. Y hacia el sur seguirían, siempre hacia el sur, hasta llegar al Mackenzie. Hacia el sur, siempre hacia el sur, y el invierno correría vanamente tras ellos, y el hielo se formaría en los remolinos, y los días se harían fríos y transparentes... Siempre hacia el sur, hacia alguna factoría de la Compañía de la Bahía de Hudson, allá donde la temperatura era templada y los árboles crecían altos y generosos y había alimentos sin fin.Así pensaba el hombre mientras adelantaba en su camino. Y del mismo modo que trabajaba con el cuerpo trabajaba también con la mente, tratando de convencerse de que Bill no lo había abandonado, de que sin duda alguna lo esperaría junto al escondrijo. O lograba convencerse de ello o de lo contrario le sería inútil seguir adelante y más le valdría tenderse en el suelo a esperar a la muerte. Y mientras la bola opaca del sol se hundía lentamente por el noroeste, estudió con la imaginación (y repetidas veces) cada pulgada de terreno que él y Bill recorrerían en su huida hacia el sur, antes de que el invierno se cerniera sobre ellos. Y una y otra vez vio ante sus ojos las provisiones ocultas en el escondrijo y las que hallarían en la factoría. Hacía dos días que no probaba alimento y muchos que no comía tanto como hubiera deseado. De vez en cuando se detenía y recogía pálidas «bayas de pantano» que se metía en la boca, masticaba y tragaba. Una «baya de pantano» es una semilla diminuta envuelta en una gota de agua. En la boca el agua se disuelve y la semilla cobra un sabor punzante y amargo. El hombre sabía que aquellas semillas no proporcionaban alimento alguno, pero las masticaba pacientemente con una esperanza que vencía al conocimiento y desafiaba a la experiencia.A las nueve en punto tropezó con un saliente rocoso y por simple debilidad y cansancio se tambaleó y cayó. Permaneció inmóvil en el suelo durante algún tiempo, tendido sobre un costado. Luego se desembarazó de los correajes y consiguió sentarse arrastrándose torpemente. No había oscurecido todavía y a la luz del largo crepúsculo buscó entre las rocas briznas de musgo seco. Una vez que hubo acumulado un montón de ellas hizo una hoguera, una hoguera sucia y sin llama, y sobre ella puso a hervir una ollita de agua.Desató el fardo y lo primero que hizo fue contar los fósforos. Tenía treinta y siete. Los contó tres veces para asegurarse. Los dividió en tres montones, los envolvió en papel encerado y colocó un paquete en la bolsa de tabaco vacía, otro bajo la cinta de su raído sombrero y el tercero se lo metió bajo la camisa en contacto con su pecho. Hecho esto le invadió el pánico, desenvolvió los fósforos y volvió a contarlos. Seguía habiendo treinta y siete.Secó los mocasines al calor del fuego. No eran ya sino jirones empapados. Los calcetines de lana estaban agujereados en varios lugares, y los pies, en carne viva, le sangraban. Sentía fuertes punzadas en el tobillo y decidió examinarlo. Se le había hinchado hasta alcanzar el volumen de la rodilla. De una de las dos mantas que tenía rasgó una tira de lana y con ella se vendó fuertemente el tobillo. Luego hizo dos tiras más y se envolvió con ellas los pies, pensando que le servirían a la vez de mocasines y de calcetines. Hecho esto se bebió el agua humeante, dio cuerda al reloj y se introdujo, a gatas, entre las mantas.Durmió como un tronco. La breve oscuridad que sobrevenía alrededor de la media noche llegó y pasó. El sol se levantó por el noroeste, o mejor sería decir que amaneció por aquel cuadrante, porque el sol estaba oculto por espesas nubes grises.A las seis en punto se despertó y permaneció echado en silencio boca arriba. Miró directamente al cielo grisáceo y adquirió conciencia del hambre que lo acuciaba. Mientras se volvía de un lado apoyándose en un codo, lo sorprendió oír un gruñido y vio a un caribú macho que lo miraba con curiosidad. El animal se hallaba a unos cincuenta pies de distancia, y por la mente del hombre cruzó instantáneamente la visión de un buen trozo de caribú crepitando y asándose al fuego. Mecánicamente alargó la mano hacia el rifle vacío, apuntó y apretó el gatillo. El caribú gruñó y escapó dando un salto. Sus pezuñas chocaban y tamborileaban contra las rocas en su huida. El hombre profirió una maldición y arrojó al suelo su rifle vacío. Mientras pugnaba por ponerse en pie se quejó en voz alta. Fue aquella una tarea lenta y ardua. Sus articulaciones eran como goznes mohosos que rozaran contra los casquillos, provocando una enorme fricción. Cada movimiento, cada giro, obedecía a un esfuerzo supremo de su voluntad. Cuando al fin logró ponerse en pie tardó un minuto más en alcanzar la posición erecta que corresponde al ser humano.Trepó a una pequeña eminencia y estudió el panorama. No había árboles ni arbustos; nada sino un océano gris de musgo apenas salpicado de rocas grises, lagunas grises y arroyuelos grises. El cielo era gris. No había ni sol ni el más leve indicio de su existencia. No tenía idea de dónde se hallaba el norte, y había olvidado por qué camino había llegado hasta allí la noche anterior. Pero no se había perdido. De esto estaba seguro. Pronto llegaría a «la tierra de los palitos»: Intuía que ese lugar se hallaba hacia la izquierda, no muy lejos..., quizá al otro lado de la próxima colina.Volvió a liar el fardo para el viaje. Se aseguró de que aún tenía en su poder los tres paquetes de fósforos, aunque esta vez no se entretuvo en contarlos. Pero sí se detuvo dudoso a la vista de una bolsa rechoncha de piel de gacela. Se trataba de un saquito de reducidas dimensiones. Podía taparlo con las dos manos, pero sabía que pesaba unas quince libras (tanto como el resto del fardo), y eso le preocupaba. Al fin lo dejó a un lado y comenzó a liar el fardo. Se detuvo de nuevo a contemplar el saco de piel de gacela. Lo recogió con aire desafiante, como si aquella desolación tratara de arrebatárselo, y cuando se levantó para adentrarse en el día con paso vacilante, lo llevaba cargado a la espalda en el interior del fardo. Se dirigió hacia la izquierda, deteniéndose una y otra vez a comer bayas de pantano. El tobillo dislocado se le había entumecido y su cojera era más pronunciada que la del día anterior, pero el dolor que aquello le producía no era nada comparado con el que sentía en el estómago. Las punzadas del hambre eran agudas. Roían y roían hasta el punto en que ya no le permitieron concentrarse en qué camino seguir para llegar a «la tierra de los palitos». Las bayas de los pantanos no sólo no aplacaban su apetito, sino que con su sabor punzante le irritaban la lengua y el paladar.Llegó por fin a un valle donde la perdiz blanca se elevaba con aleteo estremecido sobre las rocas y los cenagales. «Quer, quer, quer...», graznaban. Arrojó piedras contra ellas, pero no logró alcanzarlas. Dejó el fardo en el suelo y se dispuso a cazarlas al acecho, como cazan los gatos a los ruiseñores. Las rocas abruptas fueron desgarrando sus pantalones hasta que fue dejando con las rodillas un rastro de sangre, pero aquel dolor se perdía en el dolor mayor que le causaba el hambre. Avanzó serpenteando sobre el musgo empapado; sus ropas se mojaron y se enfrió su cuerpo, pero tan grande era su ansia de comer que ni cayó en la cuenta. Y mientras tanto las perdices blancas seguían elevándose en el aire, hasta que su «quer, quer...» le sonó a burla, y las maldijo y les gritó en voz alta imitando su graznido.En una ocasión casi se arrastró sobre una perdiz que debía estar dormida. No la vio hasta que ésta levantó el vuelo de su escondrijo rocoso y le pegó en la cara con las alas. Tan asombrado como la propia perdiz, cerró la mano y en el interior del puño quedaron tres plumas de la cola del ave. Siguió su vuelo con la mirada, odiándola como si le hubiera hecho algo terrible. Luego retrocedió y se cargó el fardo a la espalda.Conforme el día avanzaba se adentró en valles y bajíos, donde la caza era más abundante. No muy lejos de él pasó una manada de unos veinte caribús tentadoramente a tiro. Sintió un deseo ciego de correr tras ellos y la certeza de que podía abatirlos. Un zorro negro se aproximó a él llevando entre los dientes una perdiz blanca. El hombre gritó. Fue un grito temible aquel, pero el zorro huyó de su lado sin soltar su presa.Más tarde, pasado el mediodía, siguió un arroyo lechoso de limo que corría entre juncales. Cogiendo los juncos con fuerza por la base logró arrancar algo semejante a un cebollino no más grande que la cabeza de un clavo. Era tierno, y sus dientes se hundieron en él con un crujido que prometía un sabor delicioso. Pero las fibras eran duras. Estaba compuesto, como las bayas, de filamentos saturados de agua, y, como aquéllas, no proporcionaba ningún alimento. Arrojó al suelo el fardo y se lanzó a cuatro patas sobre los juncos, mordiendo y rumiando como un bovino.Estaba muy cansado y a veces sentía la tentación de descansar, de echarse al suelo y dormir, pero seguía adelante acuciado más por el hambre que por el deseo de llegar a «la tierra de los palitos». Inspeccionó los charcos en busca de ranas y excavó la tierra con las uñas para encontrar gusanos, aunque sabía que en aquellas latitudes ya no había ni ranas ni gusanos.Buscó vanamente en todas las charcas de agua hasta que, cuando ya lo envolvía el largo crepúsculo, descubrió en una de ellas un diminuto pez solitario. Hundió el brazo en el agua hasta el hombro, pero el pez lo esquivó. Lo buscó con ambas manos y revolvió el barro lechoso que estaba depositado en el fondo. En su avidez cayó al agua, empapándose hasta la rodilla. Ahora la charca estaba demasiado turbia para poder ver el pez, y tuvo que esperar a que el barro volviera a sedimentarse.Continuó la búsqueda hasta que el agua se enturbió de nuevo. Pero esta vez ya no pudo esperar más. Desató del fardo el cubo de estaño y comenzó a achicar el agua, salvajemente al principio, salpicándose la ropa y arrojando el agua a tan poca distancia que volvía a vertirse en la charca; más cautelosamente después, pugnando por dominarse, aunque el corazón le saltaba en el pecho y las manos le temblaban. Al cabo de media hora la charca estaba casi seca. No quedaría más de un tazón de agua. Pero el pez había desaparecido. Entre las piedras halló un pequeño orificio por el que éste había escapado a una charca contigua y más grande, una charca que no podría desecar ni en un día y una noche. Si hubiera sabido de la existencia de ese orificio lo habría tapado con una piedra y el pez habría sido suyo.Mientras esto pensaba se incorporó para derrumbarse después sobre la tierra húmeda, y allí lloró, silenciosamente primero, para su capote, y luego en alta voz, para la desolación despiadada que se extendía en torno a él. Durante largo tiempo lo sacudieron sollozos profundos y sin lágrimas.Hizo después una hoguera, bebió un poco de agua hirviendo para calentarse y acampó sobre una roca del mismo modo que lo había hecho la noche anterior. Lo último que hizo aquel día fue comprobar si los fósforos estaban secos y dar cuerda al reloj. Las mantas estaban húmedas y viscosas. El tobillo le latía de dolor. Pero él sólo sentía el hambre, y en su dormir inquieto soñó con festines y banquetes y con manjares servidos y aderezados de todas las formas imaginables.Despertó helado y enfermo. No había sol. El gris del cielo y de la tierra era ahora más intenso, más profundo. Soplaba un viento crudo y los primeros copos de nieve blanquearon las crestas de las colinas. El aire se fue haciendo más espeso y blanquecino, mientras él encendía una hoguera en que puso a hervir más agua. Era una nieve blanda, mitad agua, y los copos eran grandes y acuosos. Al principio se derretí